miércoles, 23 de noviembre de 2016

Aquella mujer era como un polvorín, amante apasionada y experta felatriz, la más mínima chispa hacia prender la mecha que detonaba su fuego interno. Nos conocimos en una paella que organizaron unos amigos en su chalet.
     Llegue con tiempo de sobra para ayudar a preparar todo, allí era como uno más de la familia. Encendimos la barbacoa y fuimos colocando las mesas y sillas en el jardín, el día de finales de primavera era espectacular. Una vez todo preparado y a la espera de la llegada de la gente nos sentamos a tomar algo en los amplios sofás del porche.
     Poco a poco fueron llegando los amigos, el buen ambiente se hacía palpable entre todos, las bromas y risas iban salpicando los diferentes corrillos que se fueron formando. Encontrándome en uno de estos, sentí una mano que agarraba mi brazo por detrás mientras que la voz de Maca, la anfitriona, reclamaba nuestra atención para presentarnos a alguien.
-          Mi prima Fanny.
     Era una mujer elegante, alta, morena, ancha de huesos, ojos penetrantes, sonrisa cautivadora, pechos generosos, caderas insinuantes y piernas largas. El conjunto era arrebatador, lo que se suele decir en mi pueblo “Una mujer de bandera” Tras las presentaciones de rigor y al acercar mi cara para darle dos besos, el aroma de su perfume llego a mis papilas olfativas, aquella emanación de la mezcla de la colonia y su piel me perturbo.
     Se unió animosamente a la conversación, que no era nada trascendental. Sin querer manifestar la atracción que me había provocado, dirigí varias miradas furtivas para analizarla más en profundidad. Al poco tiempo se marchó para seguir saludando a la demás gente. Comimos cada uno en una punta de la mesa, sin poder llegar a tener ningún contacto.
     Como era costumbre la reunión duro hasta bien entrada la noche. Yo me quedaba a dormir allí, así no tenía que coger el coche después de beber. La gente se fue marchando quedándonos solamente los 3 hermanos dueños de la casa con sus respectivos, ella y yo. Fanny vivía a dos minutos andando. Sin prisas por recoger, ya lo haríamos al día siguiente con ayuda del servicio, nos fuimos a tomar la penúltima al salón de la televisión.  Me ofrecí rápidamente a acompañar a Fanny a su casa, aunque aquella urbanización era un remanso de paz y estaba bien custodiada, no eran horas de dejarla ir sola.  
     El paseo que era corto, se trasformó en lento y pausado, nos íbamos parando continuamente para poner énfasis en la conversación. No sé el tiempo que pasamos en la puerta de su casa, pero, aunque fue mucho a mi me resulto corto. Tras darnos los teléfonos, nos dimos un abrazo y dos besos para despedirnos.
     Le llame un par de veces esa semana, las conversaciones fueron largas y entretenidas. Quedamos para comer el sábado, iríamos a Sepúlveda a visitar las Hoces y a comer asado, así aprovechaba también para ver a mis amigos de Casa Paulino. Tenía el plan hecho, aquella zona la conozco bien y se lo que hay que visitar.
     Le pasé a buscar a la hora indicada, aquellos besos me supieron distintos, su mirada tenía un brillo que no había observado la vez anterior y sentí cierto grado de complicidad más intensa. El viaje discurrió entre una amena charla y miradas insinuantes. Sin querer, nos rozamos varias veces las manos al buscar el tabaco en la consola central.
     Llegamos a Riaza, tomamos café en Casaquemada y dimos un paseo por su plaza empedrada. Subimos a la Emita de la Virgen de Hontanares, enclavada en la falda de la sierra y entre un espeso robledal, aparece como una visión el edificio blanco. Estando cerrada dimos un paseo hasta el mirador de Piedras Llanas, desde donde se tiene una magnifica visión del territorio de la Comunidad Villa y Tierra de Sepúlveda. El viento en aquel saliente siempre sopla, y aunque el día era magnifico, refrescando la temperatura. Ella se arrimó pegando su cuerpo al mío mientras mi brazo pasaba por encima de los hombros. Estuvimos un rato contemplando las vistas en silencio, sin decir nada dimos medía vuelta, con paso lento y sin separarnos volvimos hacia el coche.  
     Al llegar y sin poder frenar aquel impulso, gire su cuerpo, mire sus ojos y roce sus labios con los míos. Tras unos instantes de mirarnos fijamente, nuestros cuerpos se juntaron y las bocas se fundieron en un beso profundo. Subimos al coche y fuimos en silencio un buen rato, a pesar de su reacción me quedaba cierta duda. El cruce de un corzo por delante del auto fue el detonante para volver a tener una charla normal. Busque su mano y entrelazamos nuestros dedos.
     Balbi y Cholo se llevaron una grata alegría al verme entrar por la puerta del restaurante. Nos conocimos en París de la forma más insólita y dese entonces mantenemos una entrañable amistad. Nos dieron una mesa en el mirador y de comer como a marqueses. Las miradas y el roce de las manos eran continuo, no podía ser cierto aquello tan maravilloso.  Nos despedimos de mis amigos después de una amena sobremesa con ellos.
     Bajamos a San Frutos, ermita situada en uno de los salientes de las Hoces. Los besos se iban haciendo cada vez más intensos, los roces de nuestros cuerpos pasionales. Los buitres sobrevolaban nuestras cabezas a muy baja altura, aprovechando las corrientes que se forman en las laderas y ofreciendo un espectáculo digno. Tuvimos que calmarnos, el apasionamiento en nuestras caricias apoyados contra el coche empezaba a rayar lo obsceno. Sin pensarlo le pregunte:
-          ¿Te apetece desayunar en Santander?
Y respondiendo de la misma forma contesto:
-          Donde tú quieras.
     Llegamos a Santander sobre las 10 de la noche, en el camino habíamos parado en una gasolinera a coger algunas cosas básicas de aseo. Lo primero fue ir al Hotel Real a ver si tenían habitación y una vez asegurado el alojamiento nos fuimos a picar algo a la zona del Cañadío. No sé si por el cansancio acumulado o por la excitación de ambos no nos entretuvimos en tomar una copa, fue saciar nuestros estómagos y marcharnos para el hotel.
     Nada más traspasar la puerta de la habitación vivimos una escena de lo más tórrida. Entre besos y caricias las ropas fueron desapareciendo de nuestros cuerpos, casi a trompicones acabaron nuestros cuerpos desnudos bajo la ducha, cada uno buscaba las partes erógenas del otro, lentamente bajo lamiendo mi cuello, el pecho, mordisqueo los pezones, introdujo la lengua en el ombligo, besos mis ingles y sin ningún remilgo sus labios y boca me recogieron. Trastabillado me apoye contra la pared dejándome llevar por semejante maestría.
    
     Como lobo herido tuve el firme propósito de devolver todo el placer recibido. Tumbada en la cama bocarriba acaricie su cuerpo lentamente, las yemas de mis dedos rozaban levemente su piel. Arranqué un gemido al pellizcar de improviso la dureza de sus pezones, se estremeció por completo al notar mi lengua bajando por sus muslos hasta sus pies, convertí su dedo gordo en un caramelo para mi boca. Separo sus piernas levemente, avance entre ellas hasta encontrarme de cara con la suavidad de su monte de Venus depilado, sus manos agarraron fuertemente las sábanas y arqueo su cuerpo al sentir mis labios juntarse con los suyos. No detuve mis caricias hasta hacer brotar el mejor néctar de aquel delicado manantial.
     Pasamos la noche entera y el día siguiente sin salir de la habitación, nuestros juegos solo se detenían para picar algo, que pedimos al servicio de habitaciones, y por alguna cabezada rápida. El olor a tabaco y feromonas inundaban la habitación como el campo de batalla huele a pólvora.  Desde aquel día nuestros encuentros fueron esporádicos, húmedos y excitantes, la imaginación se veía desbordada en cada cita llegando a tener sexo en lugares inverosímiles.

     Todo termino cuando se casó y se marchó a vivir a los EEUU. Aunque han trascurridos bastantes años desde aquello, no puedo olvidar de mi mente y casi sentir en mi cuerpo las sensaciones producidas por aquella mujer. ©Fer

martes, 22 de noviembre de 2016

Las dudas se apoderan de mi cuando estas a mi lado.
No sé si besarte o hacer lo que estoy haciendo.
El tacto de tu piel en mi mente está grabado.
El calor de tu mirada está mi pasión meciendo.
Sueño con tenerte entre mis brazos.
Mirarte a los ojos y besar tu cuello.
Que nuestros brazos formen lazos.
Para vivir momento bello.
Dame una pista de que hacer.
Los sentidos tengo nublados.
Quiero saciar este menester.
No quiero sentirme negado.
Equivocándome al hacer.

Lo que tengo pensado. ©Fer
Te encorvaste como una gata al sentir el roce de mis dedos.
Cerraste los ojos y un escalofrío recorrió tu espalda.
Un ronroneo salido de tu garganta.
Tus labios se entreabrieron en espera de los míos.
Mi índice jugo con la comisura de tu boca.
Acaricie tu cuerpo por encima de la ropa.
No querías ver, solamente sentir el calor de mis manos.
Se unieron nuestros labios entrelazando las lenguas.
En cascada broto el deseo de nuestros adentros.
El roce de las pieles desnudas nos trastorno.
Al hacernos uno llegamos al cielo.
No hubo noción ni tiempo.

Fue una noche de pasión que perdurara en el recuerdo. ©Fer

lunes, 21 de noviembre de 2016

     Aquel verano estaba siendo como otros muchos, terminábamos el colegio y nos íbamos mi abuela, mi hermano y yo al pueblo. Era una aldea castellana, unas pocas casas de piedra y adobe en la falda de la sierra, calles sin asfaltar y alumbrado precario que consistía en una bombilla en las esquinas. Labradores y pastores configuraban su escasa población, que veían rota la tranquilidad en la que vivían con la llegada de los “veraneantes”.  Esta plaga eran todos descendientes de las diferentes familias, aunque se nos considerada casi como forasteros.
     Para los chavales aquello era el paraíso, hacíamos una vida salvaje, los únicos horarios que teníamos marcados eran los de las comidas, el resto del tiempo era un no parar en hacer todo tipo de actividades, montar en bici, jugar al frontón, futbol… y alguna más que si nos pillaran ahora los ecologistas iríamos a la cárcel directamente. Pero aquella monotonía se vería rota ese año.
     Era un día caluroso de finales de Julio, la mañana la pasamos montando en bicicleta por los diferentes caminos de piedra llegando a casa a la hora de comer. Daba gusto entrar en la casa y sentir el frescor que tenía, los gruesos muros de piedra no dejaban pasar el calor. Nos acabábamos de sentar a la mesa cuando un rumor en la calle se hacía cada vez más creciente, salimos a ver qué pasaba, unos gritos desoladores se escuchaban de lejos y se veía a gente correr calle arriba. Al pasar La Claudia le pregunto mi abuela  y con la cara descompuesta y casi sin aliento respondió:
     -El Señorito ha aparecido muerto.
     Don Crisóstomo Parra Parra más conocido en el pueblo como “El Señorito”. Descendía de la familia más acomodada, sus antepasados se habían trasladado a Madrid donde tenían una librería y una editorial además de otros negocios. Él por problemas de salud, tenía un asma muy pronunciada, se trasladó a vivir al pueblo, los aires serranos le beneficiaban. Vivía en una casa solariega a las afueras del pueblo y pocas veces se le veía salir de ella. Las veces que lo hacía era montando en su antiguo Citroen 11CV, una preciosa antigüedad, para ir al médico a Madrid.
     Recuerdo haber visitado la casa algunos años después de su muerte, fue para ayudar a las monjas a sacar algunos enseres.  Ya que no tenía descendencia, ni familiares cercanos, fue una congregación de monjas la beneficiaria de su testamento. Me dejo impresionado el lujo que había, la mayoría de la casa por dentro era de mármol blanco, con una escalera principal digna de película, armaduras, escudos, blasones, cuadros de antepasados… todo aquello te sobrecogía. Viviendas de servicio, cocheras, cuadras y demás dependencias auxiliares se alojaban en un edificio en L. Un jardín a la francesa, cuidado al más mínimo detalle con un velador y dos pozos culminaba la propiedad. Aunque lo que quedó grabado en mi memoria para siempre fue la biblioteca.
     La biblioteca ocupaba toda un ala del caserón, teniendo la misma altura que este, 3 pisos. Sus paredes forradas de estanterías de madera labrada, las escaleras y barandillas de hierro forjado, una gran lámpara de araña, una mesa de escritorio con una silla y un sillón de piel negra. Los lomos de los miles de libros que allí se encontraban era la única nota de color de la estancia. Cerré los ojos e imaginé a D. Crisóstomo sentado en el sillón leyendo plácidamente.
     Corrimos todos hacia el caserón, allí se encontraba ya un gran número de gente entre un murmullo de desconcierto. Se decía que el ama de llaves le había encontrado en la escalera. Montado en el tractor a todo lo que daba y tocando el claxon llego el alcalde con cara desencajada, al rato apareció la pareja de la Guardia Civil en el dos caballos. A su llegada los gritos y los sollozos se incrementaron, algunas mujeres entre llantos tapaban sus caras con los mandiles. Las elucubraciones comenzaron a correr entre todo el mundo, la que más fuerza cogía era que una banda había intentado robar y que al ser descubiertos le habían asesinado. Mi abuela con buen criterio nos llevó para casa, mientras comíamos mi hermano y yo la hicimos mil preguntas a las cuales ella respondía con evasivas, no quería que nos traumatizáramos por aquello.
     Nada más terminar con el postre salimos corriendo hacía el caserón. Seguía habiendo gran cantidad de gente y habían llegado algunos coches más. La imagen era la misma que hace unas horas, cundía el desconcierto y la alarma entre la gente, los chavales estábamos ojiplaticos y asombrados de aquel despliegue. Estaban esperando que llegara el juez para levantar el cuerpo y el trajín de entrar y salir de la casa por parte de la autoridad eras constante. Acompañada de dos números del cuerpo subió el ama de llaves en un coche y se la llevaron.
     Fue pasando el tiempo y cada vez había menos movimiento en la casa, hasta que no llegara el juez no pasaría nada. Los chavales comenzamos aburrirnos de tanta tranquilidad y nos fuimos a las eras, allí al lado, a jugar al fútbol. Desde allí veríamos si sucedía algo y no tardaríamos nada en presentarnos. Bien entrada la tarde vimos llegar un coche por la carretera, al no ser de los habituales salimos todos corriendo, dejando allí hasta el balón.
     Se bajó del coche un hombre alto de pelo blanco y los guardias civiles se cuadraron y saludaron enérgicamente. A paso rápido entro en la casa mientras hablaba con un hombre que debía ser su secretario y con el sargento. El silencio se apodero de todos los que estábamos fuera, no sé si por temor o por intentar escuchar lo que decían, esta segunda cosa imposible. Al rato dos hombres sacaron una camilla con un cuerpo tapado por una sábana, mientras solo se escuchaba algún sollozo perdido.
     Aquella noche creo que durmió poca gente, el miedo a que hubiera una banda de delincuentes por la zona tenía a la mayoría preocupados. Mi abuela saco la escopeta de mi padre y la puso en la cabecera de la cama, con lo menuda que era y que decidida. Yo recuerdo que tardé en quedarme dormido, entre el nerviosismo de lo vivido y el miedo no estaba tranquilo. Sin darme cuenta los ojos se cerraron vencidos por el cansancio.
     A la mañana siguiente desayunamos rápidamente entre preguntas a mi abuela de si sabía enterado de algo más. Salimos como alma que lleva el diablo al caserón, nos llevamos una decepción al no ver a nadie, todo estaba de lo más tranquilo. Me fui al frontón que solía ser nuestro punto de reunión, poco a poco fue apareciendo toda la chiquillería. Cada uno fue contando lo que había oído decir en su casa, solo historias que más tarde veríamos que no tenían nada que ver con la realidad. Así fueron pasando los días, la vida se había normalizado por completo, aunque no se dejaba de hablar del tema.
     Una tarde la noticia corrió como la pólvora por el pueblo, al “Señorito” no le habían matado, se había suicidado. Según contaron, había atado una cuerda en la barandilla del tercer piso y a su cuello dejándose caer por el hueco de la escalera quedando a poca distancia del suelo. Aquello volvió a reabrir el tema, que no se había cerrado del todo, y ahora venían las hipótesis de por qué lo había hecho. Se escucharon muchas, pero realmente no se sabe por qué lo hizo, siendo la más creíbles de todas la que decía que tenía una enfermedad incurable y muy dolorosa.

     Después de aquello todo había vuelto a la normalidad, a ser un veraneo en una aldea castellana, donde las noticias más importantes eran si un granizo había estropeado la cosecha o alguna vaca había abortado. Llego el final del verano, la gente se fue marchando escalonadamente, la tranquilidad que añoraban sus vecinos iba volviendo poco a poco. ©Fer

viernes, 18 de noviembre de 2016

Hace años aquella mujer me enseño lo que realmente era la vida. Tenía 15 años más que yo, una personalidad y una forma de ver la vida forjada por la experiencia.  Todo empezó como suelen empezar estas cosas, de la forma más tonta.
    Nos conocimos a través de un foro donde comentábamos, rápidamente surgió una complicidad entre los dos que nos llevó a tomar cada vez más confianza. En aquella época lo que estaba de moda era el Messenger y no tardamos en pasar horas charlando de todo, no era una atracción sexual, era un buen entendimiento. Ambos estábamos casados y enamorados de nuestros respectivos
    Con el paso del tiempo fuimos conociendo obras y milagros de cada uno, la familiaridad que alcanzamos nos llevó a formar parte casi de la familia. Nos buscábamos en cuanto podíamos y si alguno tardaba en responder el otro se ponía nervioso. Decidimos que había llegado el momento de que dos amigos se conocieran en persona y quedamos para comer. Me gustaría recalcar que no había nada sexual entre los dos.
    Había llegado el día, me sentía algo nervioso, de camino me asaltaron muchas dudas y no sabía si en persona congeniaríamos tan bien. Allí estaba esperándome, tal y como me había imaginado. Nos dimos un abrazo, dos besos y subimos al coche, pasado los primeros segundos de desconcierto y todo se volvió de lo más normal. Después de la comida y aprovechando la buena tarde que hacia decidimos darnos un paseo por el parque. Sin saber cómo nuestros labios se juntaron y nos miramos fijamente.
    La dejé en su casa y confundido por lo sucedido me marché. De camino no podía quitarme de la cabeza lo que paso, ninguno de los dos lo había buscado o ¿Ella sí? Creía conocerla lo bastante bien como para intuir que no era así, pero siempre te queda cierta duda. Pasaron los días y nada había cambiado, seguíamos teniendo la misma complicidad y ninguno de los dos comentamos lo sucedido.  Al mes o cosa así volvimos a quedar a comer.
    Los besos y el abrazo de saludo me supieron distintos, una sensación extraña recorrió mi cuerpo. Se había desarrollado la comida de lo más normal hasta que nos sirvieron el segundo plato, en ese momento y mirándome fijamente comenzó hablar. Sin ningún rodeo fue directa al grano, quería que nos acostáramos, no sé qué cara pondría o de cuantos colores me puse, pero ella comenzó a reír.
    Me explicó que aquello no era amor, que solamente era una preciosa amistad que no pasaría de eso, que ella estaba muy enamorada de su marido y que no pretendía arruinar mi matrimonio. Siguió relatando como era su relación, de sus filias y fobias y desde cuando había cambiado su forma de pensar. Su cambio se produjo hacia 5 años a la muerte de su mejor amiga, eso la hizo pensar en que había que vivir y disfrutar la vida. Desde aquel día no se ha privado de nada, en ningún sentido, solamente sabía que nada ni nadie rompería la relación con su marido y su familia. Yo no daba crédito a sus palabras, todo aquello me pillaba de improviso, callado y mirándole fijamente solo podía asentir con la cabeza a lo que decía.
    Volvimos a pasear por el parque, esta vez agarrados del brazo. Aunque estaba totalmente desconcertado aquella situación me resultaba cómoda. No sabía si era por la tranquilidad y naturalidad con la que había tratado el tema o solamente porque me encontraba a gusto. Nos besamos varias veces.
    Hablamos mucho los días posteriores, poco a poco la fui comprendiendo algo más. Según se va haciendo uno más mayor dejas de idealizar las cosas, ves que aparte del blanco y del negro hay otros colores, que por tener cariño a otra persona no haces mal, que lo malo no es hacer el amor con alguien si no el no amar a tu pareja, que una cosa es el cuerpo y otra los sentimientos, que la infidelidad no es carnal, que por muy fiel que seas a una persona si no la amas es serle infiel…
    A la misma hora estaba allí, nos besamos una vez subió en el coche, era la primera vez que fue profundo e intenso. Agarró mi mano y fuimos callados hasta aquel hotel. Subimos a la habitación llenos de nervios, cerramos la puerta y nos quedamos parados, yo no sabía si lanzarme a saco o esperar que ella tomara la iniciativa, pero todo fue discurriendo de lo más natural. Besos, caricias… de la forma más delicada y cariñosa nos fue llevando despacio a una entrega total.  Abrazados desnudos nos acariciábamos suavemente, yo tenía complejo de culpabilidad, había sido maravilloso, salvaje tierno y delicado.
    Tenía miedo al día siguiente cuando me senté delante del ordenador y abrí el Messenger, no sabía qué reacción tendríamos, si algo habría cambiado y ya no sería lo mismo, pero lo que era seguro es que había que pasar por ello. Fue una grata sorpresa ver que nada había cambiado, que seguíamos con el mismo trato que antes y con la misma amistad, que no hablamos de lo sucedido.

    Seguimos nuestra amistad y con nuestros encuentros furtivos varios años, pero como suele pasar la vida nos distancio. Ahora con el paso del tiempo me voy haciendo mayor, cada vez comprendo más la forma de pensar de esta mujer. Aquella experiencia me llevo a cambiar mi forma de pensar y a estar más enamorado de mi mujer. ©Fer

jueves, 17 de noviembre de 2016

   Mi cuerpo reacciono bajo el agua caliente de la ducha, sentí un escalofrío que recorrió la espalda y esa especie de angustia que me entra en el vientre.
   Extendiendo el aceite mis manos recorrían mi cuerpo, voló la imaginación y mis piernas temblaron, tuve que esforzarme en dejar esos pensamientos, no tenía tiempo para recrearme en caricias. Desnuda recorrí la habitación en busca de la cómoda, abriendo el cajón de la lencería elegí un conjunto con el que me encuentro provocadora.
   Contemple mi figura al mírame al espejo, las piernas se estilizaban con aquella media negras, el ligero y el tanga marcaban las curvas de mis caderas, los pechos brotaban entre los encajes y trasparencias del corpiño. El contraste del negro de la tela con la desnudez de mi piel creaba una visión de lo más sugerente. Acabe de completar el conjunto con un traje de chaqueta gris marengo.
   Llegue a la oficina temprano, me esperaba una larga jornada, el silencio que atronaba la gran sala se vería roto en poco tiempo, tanta soledad infringía un cierto aspecto tétrico a la estancia. Encendí las luces de mi despacho, dejé la cartera y el bolso encima de la mesa y me fui a la cocina a por un café.
   La mañana fue pasando entre el estudio de un informe de mercado y llamadas. Aunque mi mente estaba centrada en el trabajo, mi cuerpo seguía revoltoso y más cuando entraste a buscar un expediente. Llevabas 2 meses como becario y desde el primer momento que te vi llamaste mi atención.  Aunque no eras un chico de volver la cabeza en tu mirada había algo que te hacia especial.
   Como es habitual comí con Laura, compañera y amiga, es prácticamente la única que aguanta mi carácter en la oficina, tenía fama de ser cruel y mala pero la verdad es que solo era responsabilidad por el trabajo. Siempre que estamos juntas acabamos hablando de hombres y recordando tantas historias que hemos vivido juntas.
   La tarde había sido larga y tediosa, papeles y más papeles fueron llenando mi mesa de carpetas. Las numerosas interrupciones habían retrasado el estudio del informe y tenía que preparar un memorándum para el día siguiente, así que ya sabía lo que tocaba, quedarse hasta terminar. La oficina se fue vaciando al igual que se había poblado esta mañana, estaba sola.
   Había terminado y preparaba para marcharme cuando una sombra apareció en mi puerta, la sangre se me helo y el miedo paralizo mis músculos, en eso intentes pensé que aquello seria lo último. En un segundo suspire y me invadió una tranquilidad que bajo todas mis defensas, era el becario. Le pregunte que hacía allí a esas horas a lo cual respondió que venía a buscarme. Me quede perpleja a la vez que mi cuerpo se estremecía, sus ojos miraron los míos fijamente, creo que los dos supimos lo que pasaría.
   Sin mediar palabras mis manos desabrocharon mi falda dejando que resbalara por mis piernas, desabroche los botones de la chaqueta y me la quite, quede expuesta solo con la ropa interior a tu mirada. Bajé la vista cuando empezaste acercarte a mí, tu mano levanto mi barbilla y tus labios buscaron los míos, nos fundimos en un cálido abrazo. Iba desabrochado y quitándote la ropa lentamente entre caricias y besos, una extraña atracción me obligaba a mirarte a los ojos mientras mis manos recorrían tu cuerpo.
   Lamiste mis pechos al liberarlos, besaste cada rincón de mi piel, tus dedos jugaron por encima del escueto triangulo de mi tanga hasta que lo bajaste lentamente. Tu desnudo, yo solo con las medias, me diste la mano para que te acompañara al sofá.  Me senté encima tuya para poder besarte y mírate a los ojos, esos ojos que me tenían poseída. Las caricias y los besos se fueron haciendo más profundos, solo deseaba sentirte, que me hicieras tuya. Aquello fue una maratón, lo hicimos de todas formas y en todas partes.
   Sentados en el sofá nos acariciábamos en silencio. Un sentimiento contradictorio me inundaba, estaba maravillada por el placer recibido y a la vez tenia remordimientos, eras un becario, estábamos en la oficina y yo era tu jefa.
     - ¿Cómo sabía que estaba aquí?

     -Laura me lo dijo. ©Fer

martes, 15 de noviembre de 2016

Rayos de sol sobre tu pecho.
Seda que moldea tu figura.
Tu cuerpo tumbado en el lecho.
Muriendo de amargura.
Sed de pasión y deseo.
Hambre de fruta madura.
De tu placer soy reo.
De tu pecado locura.
Tus labios quiero besar.
La piel recorrer con mis dedos.
El alma siento vibrar.
Borrando todos tus miedos.
Al amor solo fiar.

Todos nuestros anhelos. ©Fer

lunes, 14 de noviembre de 2016

   Se llamaba Inma, tenía unos 40 años cuando la conocí, sin ser una mujer que llamara la atención resultaba atractiva e interesante, yo rondaba los 22 años. Ella fue la responsable y la maestra de enseñarme numerosas prácticas amatorias que hasta entonces desconocía. Era meticulosa no dejaba nada al azar.
   Yo no sé qué vio en mi aquella mujer que casi me doblaba la edad, pues con su clase y estilo podría tener infinidad de hombres a sus pies y no un niñato inexperto como yo. Aunque aquello duro más o menos como un curso escolar, fue de manera intensiva y con muchas clases de recuperación. Con el paso de los años descubrí lo que realmente quería, un aprendiz, alguien a quien poder enseñar todo aquello que atesoraba.
   Antes de nada, me daba una pequeña clase teórica de lo que íbamos hacer. No omitía detalle alguno y se recreaba en todas las facetas que creía que merecían una mayor atención. Después pasábamos al dormitorio y desarrollábamos lo explicado anteriormente, ella me corregía delicadamente en los fallos y me premiaba con sus orgasmos cuando era aplicado.
   Yo poco a poco me fui soltando, preguntando y proponiendo cosas, ella me las explicaba con delicadeza como si fuera la cosa más natural del mundo, respecto a mis proposiciones siempre tenía la misma respuesta “Tranquilo a eso ya llegaremos”
   El masaje femenino lo estudiamos a fondo, aunque entonces no entendí su importancia con el paso del tiempo he sabido valorarlo. El tener la excitación, el deseo, el placer en tus manos, el ser tú el que vas marcando los tiempos del juego, de buscar las reacciones de su cuerpo a tu antojo, de que ella no pueda tocarte, va creando una atmosfera de lujuria que emana por los poros. También existe el masculino, siendo de la misma intensidad y satisfacción.
   La habitación estaba en penumbra, muy bajo se oía una música relajante y tumbaba desnuda bocabajo en una camilla me esperaba. Cogía un frasco de aceite de almendras echando generosamente en mis manos, las frotaba entre ellas para que cogieran temperatura y comenzaba a masajear. Empezaba por el pie y seguía por la pierna llegando hasta la pequeña toalla que cubría sus glúteos, luego me pasaba a la otra pierna de la misma forma, estos eran de forma enérgica e iban perdiendo fuerza según me acercaba a la toalla.
   Después comenzaba con la espalda, desde donde comenzaba la toalla hacia arriba, no había musculo que no fuera frotado, los hombros, los costados, los brazos, las manos. Hay que utilizar la fuerza apropiada, sin son demasiado fuertes causas dolor y si son suaves no relajan. Una vez finalizada la espalda mis manos entraban debajo de la toalla, de arriba abajo, de forma circular, apretando… extendía el aceite por sus nalgas y de forma más delicada lo hacían mis dedos al llegar entre sus piernas.
   Dándose la vuelta seguía el masaje con las mismas pautas que bocabajo, primero las piernas llegando solo hasta la toalla, luego los hombros y brazos, los costados, el vientre y por últimos los pechos. Con estos últimos la intensidad cambiaba, tienes que buscar caricias suaves pero intensas que vayas sintiendo como se endurecen. Subía mis manos apretando desde los costados, procurando que los pezones quedaran atrapados entre los dedos, desde abajo las manos pegadas a sus costillas terminando unidas en el centro, las palmas los masajean circularmente. Notaba el grado de excitación por su respiración, por sus suspiros e incluso gemidos. No tenía prisa, la finalidad era darle un placer sublime.
   Cuando creía que tenía el grado de excitación adecuada mis manos se adentraban en la calidez debajo de la tolla, sus muslos eran el centro de mi atención, cada vez acercándome más a su cara interna y continuando por sus ingles. Sus piernas se separaban levemente para facilitar mis maniobras, en esos momentos solo se escuchaban ya gemidos. Apartaba la toalla y las caricias se hacían cada vez más profundas. Aquellas caricias eran interminables, paraba y seguía según su grado de excitación, no escuchando sus ruegos. Pero aquel no era el fin, una vez que cogía un poco de fuerzas y su cuerpo se calmaba, volvía a buscar su placer con las caricias más profundas.

   30 años después solo puede agradecer todo lo que me enseño y en especial el masaje. ©Fer
   Hoy no sabía de qué escribir, si del encanto del vouayerismo o de los problemas de las relaciones humanas. Aunque se pueda buscar un nexo de unión entre ambas, en este caso, no busco esa conexión. Creo que lo mejor será dejar de intentar aclarar la psiquis y que la imaginación vuele por los mundos del erotismo.

   Me habías invitado a cenar a tu casa, subí tranquilamente las escaleras, como es costumbre llegaba un poco pronto, me pare en el descansillo para hacer tiempo y encendí un cigarro, se apagaron las luces quedando en la más absoluta oscuridad.
   Como faro en la noche mi presencia solo era delatada por la lumbre del pitillo al dar alguna calada, mi mente voló al recuerdo de cómo nos conocimos. No se me olvida la primera vez que te vi, nada más entrar en la cafetería mis ojos se clavaron en ti, sentada al final de la barra tenías la taza agarrada con ambas manos y la mirada perdida en la lejanía. Le pregunte a mi amigo que si te conocía y me informo que eras la farmacéutica.
   Aunque eran habituales mis visitas a este amigo, desde aquel momento se multiplicaron. Tenía un presentimiento de que llegaríamos a conocernos y ser más que amigos. En las dos siguientes visitas no coincidimos en el café, así que cambie de táctica y tendría que ir a tu terreno, desde ese instante empecé a necesitar una gran cantidad de productos farmacéuticos.
   Poco a poco fuimos ganando confianza, salíamos a tomar café juntos y charlábamos de mil cosas. La química que existía entre los dos era evidente y llego el momento de dar un paso más. Con el pretexto de que era mi santo te invite a cenar y sin dudarlo un segundo diste tu aprobación. Aquella semana no volví a ir a verte hasta el viernes, que es cuando habíamos quedado.
   Pase a buscarte, quede prendido de la guapa que venias, nos saludamos cariñosamente y subiéndonos en el coche nos dirigimos al restaurante. La cena trascurrió en medio de una conversación fluida y amena, las bromas y risas eran constantes y los cruces de miradas tenían una segunda lectura, esa que delata atracción mutua.
   Salimos agarrados del brazo y a los poco pasos haciendo un leve giro de cuerpo quedamos frente a frente, mire tus ojos, después los labios y sin reprimir el fuego que ardía dentro de mi te bese dulcemente. Entre caricias y besos nos tomamos una copa en un lugar de moda y acabamos retozando en la suavidad de tus sábanas. Desde aquella noche pasamos a ser amantes, nos unían muchas cosas, casi demasiadas, pero no tantas como mantener una relación.
   Se encendió la luz de la escalera, el fogonazo me dejo casi ciego y me hizo salir de mi estado. Subí el último tramo de escalera y frente a tu puerta me coloqué la ropa y llame al timbre. Escuche como venían tus tacones clavándose en la madera del suelo, el sonido metálico de la cerradura y lentamente se abría la puerta. Un abrazo cálido y un beso profundo fue el mejor saludo.
   Serviste un par de copas de vino mientras me sentaba en el sofá, comentabas los problemas que tenías en la farmacia con el mancebo y que había venido tu madre a verte. Sentados cada uno en un extremo charlamos tranquilamente, mientras picábamos los aperitivos que había preparado. Te levantaste disculpándote un momento y te fuiste hacia la habitación. Pasado un instante me llamaste.
   Al abrir la puerta mi cuerpo dio un vuelco, enfundada en un conjunto de lencería negro te encontrabas como la maja tumbada en la cama. Aquella mirada sabía lo que significaba, con un gesto me indicaste que me sentara en el butacón. Una vez acomodado y sin apartar tus ojos de los míos comenzaste una danza, un baile sin música que era pura provocación.
   Acariciabas tu piel libre, el encaje de tu ropa, serpenteaba tu cuerpo encima de las sábanas acercándome tu cara, tu respiración se fue acelerando y la mía al unísono, tus juegos fueron siendo cada vez más excitante. Desabrochaste el sujetador cubriendo tus pechos con las manos, dándote la vuelta me ofreciste la desnudez y suavidad de tu espalda. Mi excitación iba creciendo con cada postura, con cada movimiento, cada insinuación…
   Aquel baile se convirtió en la Danza de Fuego, dejaste tu cuerpo solo cubierto por el ligero y las medias, jugabas con tus pechos, pellizcabas los pezones, tus dedos se perdían entre tus piernas, no se la cantidad de veces que tuve que refrenar mis impulsos de saltar sobre ti y poseerte, pero sabía que aquello es lo que deseabas.

   El juego de tus manos en tu entrepierna daba su resultado, los suspiros se convirtieron en gemidos, estos en gritos, arqueaste tu cuerpo entre espasmos de placer, caíste rendida ante el poder del orgasmo, como ese bocado de gelatina tu cuerpo temblaba. Abriste los ojos con mirada tierna y desafiante, una sonrisa ilumino tu cara y el movimiento de tu dedo me mostraba el camino hasta ti.  ©Fer

jueves, 10 de noviembre de 2016

   Me encontraba desnudo y empapado en sudor entre aquellas dos mujeres. No sé muy bien como había comenzado todo, pero si como termino.
   Era el puente de San Isidro y nos habíamos ido a Granada a pasar esos días en casa de unos amigos. El viaje hasta llegar fue de lo más ameno, pues nos acompañaba otra pareja de amigos, lleno de chistes y bromas. Después de la alegría y los saludos oportunos por el reencuentro nos acomodamos cada pareja en su habitación designada. Cenamos poniéndonos al día y nos fuimos rápido a la cama ya que era tarde y para el día siguiente teníamos muchas cosas programadas.
   Habían pasado los 3 primero días entre excursiones, comidas y copichuelas, era un no parar. Es habitual que en estas estancias de pocos días y en buena compañía la agenda está repleta. Después de comer decidimos ir a casa a descansar un rato, esa noche teníamos cena en uno de los carmenes del Albaicín y al día siguiente después de comer nos volveríamos hacia Madrid.
   Era un chalet adosado de 3 plantas. En la planta baja estaba el garaje y un salón bodega donde se hacía la mayor parte de la vida. En la baja el salón, el comedor, la cocina y un patio. Y en la superior los dormitorios. Yo me subí directo a mi habitación mientras los demás se quedaron en la bodega, según llegue me tire encima de la cama y caí en brazos de Morfeo.
   Entre sueños sentí que un cuerpo se acostaba a mi lado, eche el brazo para abrazarle creyendo que era mi mujer y acto seguido note la misma sensación por el otro lado del cuerpo, me espabile un poco más pues creía que eran mis amigos para gastarme alguna broma y en esto recibí en beso en cada mejilla y un leve susurro que decía: “venimos a darte un poco de guerra” Sus perfumes y sus leves risas me hicieron reconocerlas de inmediato.
   Las abrace a las dos en signo de amistad y pregunte donde estaban los demás, me contestaron que abajo y que nos les apetecía echarse. Cerré los ojos imaginando que nos quedaríamos dormidos, pero no fue así, empezaron hablar de lo bien que lo estábamos pasando y de la pena por nuestra marcha del día siguiente, de que teníamos que hacerlo más veces tanto allí como en Madrid. Ya se me había pasado el sueño.
   Acurrucadas junto a mi sentía el calor de sus cuerpos a través de la ropa, sus cabezas apoyadas en mi pecho y sus brazos rodeando mi cuerpo, era una imagen de lo más inocente. Pero eso cambio de repente, ambas al unísono removieron sus cuerpos y comenzaron a darme suaves besos en las mejillas, el silencio solo era roto por algún suspiro que salía de mi boca. Como si fueran una solo empezaron hacer lo mismo, besaron mis orejas, mi cuello y sus manos fueron desabrochando de forma alterna los botones de mi camisa. Cuando ya tenían abierto el suficiente camino sus bocas descendieron a besar mi pecho hasta llegar y refugiar sus lenguas en mis pezones.
   Aturdido, desorientado y confuso no sabía qué hacer, si levantarme y cortar aquello de inmediato o dejarme llevar por los más bajos instintos. La decisión se produjo de inmediato, las dos comenzaron a besarse apasionadamente delante mío mientras sus hábiles dedos desabrochaban el cinturón y los pantalones, aquello me llevo a un estado casi cataléptico. Sus manos ávidas de deseo, como jauría detrás de su presa, irrumpieron con decisión buscando su recompensa.
   En aquellos primeros momentos no puede por más que quedar pasivo y contemplar la delicadeza, ternura y pasión que ponían ambas en besarse y acariciarse. Eran como dos mariposas batiendo sus alas, sabiendo que si dan una aletada más fuerte se rompería la magia. Nos fuimos desnudando lentamente los unos a los otros, entrelazamos nuestras bocas y cuerpos hasta no saber cuántas personas éramos. Yo ya había perdido toda la noción de la realidad, ya no me acordaba de que sus maridos y mi mujer estaban abajo, estaba en esa condición casi animal donde lo único que deseas es complacer sexualmente.
   Acabamos desnudos, abrazos y acariciando nuestros cuerpos, una vez recobrado el resuello y entre muestras de cariño nos levantamos. Yo me quede duchándome en el baño de la habitación mientras ellas fueron a la habitación principal. Bajamos los 3 juntos como si nada hubiera pasado, allí estaban tranquilamente los 3 viendo la televisión y charlando, no se habían enterado de nada.
   Salimos a cenar como teníamos reservado, todo se desarrolló como antes de aquella tarde, la única diferencia fue el cruce de alguna mirada entre los 3. Acabamos tomando una copa en una terraza para despedirnos de tan magnifica ciudad. Nos recogimos a dormir con esa tristeza que da el saber que al día siguiente partiríamos.
   Al quedarnos solos en la habitación mi mujer se abalanzó sobre mí, me desnudo con avidez haciéndome el amor de forma enloquecida. Se abrazó con un abrazo profundo de esos que quieren abrazar el alma y nos quedamos dormidos.
    Cuando nos despedíamos para la marcha, nuestra anfitriona al darme dos besos me susurro al oído:

-Lo que paso arriba, paso abajo. ©Fer

martes, 8 de noviembre de 2016

Cuando eres adolescentes sueles tener un amor imposible, esa mujer madura que te provoca incontrolados sueños eróticos y hasta las primeras poluciones. Sueles ser una vecina, una amiga de tu madre, una maestra…Yo para no ser menos tenia a dos.
   La Señorita Puri, una de mis profesoras de 1º de BUP. Alta, rubia, pecho proporcionado, con piernas infinitas y caderas sugerentes, nos tenía a la mayoría de los alumnos alborotados. Siendo su forma de vestir de lo más correcta, blusas, faldas por las rodillas, solo con su presencia provocaba suspiros de mi pecho.
   Alelado por su magnetismo no era capaz de separar la mirada de ella, seguía todos sus movimientos por la clase, mientras mis pensamientos vagaban por los caminos del deseo.  La imaginaba mirándome, haciendo gestos insinuantes, provocando con la mirada, desabrochando muy despacio un botón de la blusa, era mi Diosa del placer. Cuantas miradas clavadas al sentarse en su mesa esperado un cruce de piernas, no se veía nada más allá de lo normal, pero la imaginación me llevaba más lejos.
   La segunda era una vecina del barrio, nunca pude adivinar su nombre. Era una mujer cerca de los cincuenta, elegante, alta, morena, de curvas generosas y andar seductor. Solía vestir trajes de chaqueta con faldas entalladas que marcaban sus generosas caderas, que siendo generosas no eran exageradas, y unos buenos tacones que estilizaban sus piernas.
   Cuantas veces la seguí a cierta distancia observando su contoneo, olisqueando el aire intentando captar su perfume, embelesado por su cabello al viento, con el temor a que se diera la vuelta y me interpelara por seguirla. Esa mezcla de pasión y miedo hacia aquella persecución más excitante.

   Que noches aquellas que aparecía en mis sueños, me besaba con ardor, acariciaba mi cuerpo, se desnudaba para mí, me enseñaba como hacer el amor a una mujer. Noches en las que me despertaba sobresaltado empapado en sudor, con la respiración entrecortada y con esa doble sensación de satisfacción y anhelo. ©Fer

lunes, 7 de noviembre de 2016

   No hay nada más bello que romperse de melancolía, de lo que pudo ser y no ha sido, de lo que añoras en cada momento de todo lo no vivido. Van pasando los años y lo que eran ilusiones las has convertido en olvido, de lo que te motivaba hacerlo y ahora lo ves tranquilo. Dicen que pesan los años, dicen que pesan los kilos, pero lo que realmente pesa es el tiempo trascurrido, antes ibas sumando y ahora solo descontando. ©Fer
   Cada uno tenemos nuestra hora mágica, esa en la que somos capaces de explorar nuestro propio yo, en la cual entre un mundo de tinieblas llegamos a ser capaces de acércanos más a la realidad. Para mi esta hora es la madrugada.
   Despertar suavemente en la tranquilidad de la noche, los ojos acostumbrados a la oscuridad observan las sobras que dibuja la poca claridad que entra por las ventanas. Cómo sustentado por una fuerza extraña te levantas muy despacio, caminas lentamente recorriendo toda la casa sin encender las luces. Abres la nevera y el resplandor de la pequeña bombilla te deslumbra, a tientas eres capaz de coger la botella de leche, preparas un café y vuelves a la tranquilidad de la oscuridad al cerrar la puerta.
   Como una procesión de animas te diriges por el largo pasillo hasta el despacho, acomodas tu cuerpo en tu sillón favorito, ese que tiene en su memoria la forma de tu cuerpo, das un sorbo de café y alargas la mano para sacar un cigarrillo, recuestas tu espalda sobre el respaldo y das una larga cala. Tu mente divaga como ruleta, no sabes en que asunto se centrara.
   Escudriñas y analizas concienzudamente el tema mientras apuras el tabaco y entonas el cuerpo con la templanza del negro néctar. El silencio, solo roto por algún crujido de la madera, y la oscuridad te ayuda a la concentración. Sin ser consciente del correr del tiempo la luz va ganando la batalla doblegando las sombras de la noche.
   A la vuelta de buscar otro café me siento en la mesa, abro el ordenador, reviso los correos, echo un vistazo a las ultimas noticias, un repaso a las redes sociales y abrir el archivo de mi ultimo escrito. Relees los últimos párrafos para retomar un poco el hilo, mirando la pantalla y colocando los dedos encima del teclado esperas la llegada de la providencia divina que den vida a tus manos.
   Paras de vez en cuando y miras a través del ventanal, la poca gente que pasa a esas horas va embozada por el frío, las ramas de los arboles casi desnuda se mecen por el viento, las luces de los coches alumbran como faro en la mar y los ruidos son cada vez más frecuentes.
   Se vuelve a oír el golpeo en el teclado, cada vez queda menos tiempo para finalice tu hora. Los rayos del sol se filtrarán por el cristal iluminando como en una visión macabra aquella mascara que trajiste de un viaje, escuchas el taconeo de las uñas de la perra en el paquet, los leves pasos de tu mujer en el pasillo y rompiendo el silencio un “Buenos días cariño”

   Guardas los cambios en el archivo, cierras muy lentamente la tapa del portátil y pasas del esta “Yo” al estado mundo. ©Fer

viernes, 4 de noviembre de 2016

Sensible, tierna, delicada.
Luchadora, valiente, abnegada.
Dulce en todo momento.
Dura cuando debes serlo.
Brota de ti empatía.
Sensualidad sin quererlo.
Conocerte un pecado.

Una fechoría no hacerlo. ©Fer

jueves, 3 de noviembre de 2016

Aquella mañana era como otra cualquiera, amanecí con la sensación de tener una pesada carga sobre mis hombros. Sentado en el borde de la cama y con la mirada perdida en el espejo encendí un cigarro, la mente divagaba por los vericuetos recuerdos.
        Aseado y puesto de limpio salí de casa, mientras cerraba la puerta escuche un susurro dando los buenos días, era el vecino de arriba, aquello sin saber cómo me llevo a pensar en lo frías que se han vuelto las relaciones con los demás.
         Golpeo mi rostro el fresco de la mañana al abrir el portal, sin hacer una mala mañana se empezaba a notar que había llegado el otoño. Las luces de las farolas y las sombras de los árboles, unido a que la calle estaba desierta, daban un aire de melancolía.
         Los aromas del café junto al bullicio de la cafetería fueron capaces de despertar mis sentidos. Como si fuera una liturgia ya tenía preparado mi café, mi porra y el vaso de agua en el rincón al final de la barra, desde aquella atalaya contemplaba todo lo que ocurría. Los clientes habituales los tenía más que analizados, lo interesantes eran los esporádicos, esos son merecedores de un estudio concienzudo.
         Parece mentira lo que se puede llegar a deducir de alguien solamente con observarle o lo que nos podemos llegar a imaginar, porque, aunque tengas un alto porcentaje de aciertos algunas veces te sorprendes hasta tú mismo. Pero lo mejor son aquellas historias que nacen de la imaginación y que no sabrás nunca si has acertado o no. Sus ropas, sus manos, sus modales…son signos para tener en cuenta.
         Semejante mala costumbre la adquirí en la adolescencia. Hubo una temporada que nos dio, a un amigo y a mí, por sentarnos en los bancos y ver pasar la gente. Entonces era más de forma mal intencionada, donde buscábamos defectos para reírnos, eso sí, sin insultar ni molestar a nadie, porque las risotadas y los comentarios malintencionados se quedaban entre nosotros.
         Entro por la puerta un tipo que de inmediato llamo mi atención. Su forma de bajar los 3 escalones fue distinta a cualquier persona, sin ser elegante resultaba totalmente llamativa. Alto, enjuto, edad difícil de adivinar, traje negro, camisa blanca, pajarita negra y reloj de bolsillo, zapatos con algunas guerras, aunque impolutos. Era como salido de una fotografía de finales del siglo XIX.
          Sus manos largas de piel delicada y la manicura perfecta delataban que su trabajo, si lo tenía, no era físico ni a la intemperie. Sus gestos eran suaves, sus modales correctos, voz profunda y armoniosa. Mis neuronas acabaron de espabilarse y comenzaron a elucubrar a toda máquina. Rápidamente ya le había adjudicado dos profesiones: Abogado o pianista. Aunque ese aspecto de bohemio de época me decanto más por la segunda.
          Esta cafetería es la típica de un barrio popular, la clientela es gente de la zona que van o vienen de trabajar, limpiadoras, taxista, administrativos, dependientes…siendo lo más extravagante que te puedes encontrar los enterradores del cementerio ¿Qué hacia él allí?
          No podía apartar mi mirada de él, intentaba analizar cada movimiento, cada gesto en busca de cualquier matiz que me diera una pista. Pregunte a la camarera si le conocía y como conocedora de mi afición con una sonrisa burlona me respondió que no.
          Le imagine cursando sus estudios de piano en el conservatorio, de los anhelos de llegar a ser un concertista famoso y tocar en los mejores auditorios del planeta, de cómo se truncó su carrera por un amor imposible que le llevo a su adicción a las drogas quedando relegado a tocar en algún hotel o piano bar.  Tan absorto me encontraba en crear una historia para su vida que no me di cuenta de que había entrado Doña Maxi y que estaban hablando los dos.
          Doña Maxi era una mujer frescachona y muy llamativa, aunque ajada por los años todavía se la apreciaban rasgos de haber sido una mujer muy bella. Era conocido por todos que ejercía de Madame en una casa de citas que había dos calles más abajo. 
          Aquello me dejo descentrado, no sabía la relación que podían tener ambos, porque él no era el típico cliente de la casa. Hablaron mientras apuraron el café y se marcharon. En esto se acercó Bárbara, la camarera y con cara malvada me soltó:
-Seguro que no has acertado. Es el medico que pasa revisión a las chicas de Doña Maxi.

          Me fui sin hacer ningún comentario y pensando. Sonreí, encendí un cigarro y seguí caminando. ©Fer

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Desnúdate lentamente.
Túmbate relajada.
Cierra los ojos y abre la mente.
Bocabajo colocada.
Suavemente recorro las piernas.
Amasando cada musculo.
Presionando la parte externa.
Tu cuerpo manipulo.
Rozo levemente el pecho.
Al recorrer tus costados.
Gimes con ese hecho.
Esperando no sea aislado.
Tus glúteos llaman mi atención
Y ante aquella visión.
Me exalta la excitación.
Agarrándolos con pasión.
Suavemente te das la vuelta.
Con la mirada resuelta.
Suplicando que no acabe.
Lo que también comenzó.
Mis palmas presionan tus senos.
Desde los costados al pecho.
Subo y bajo por tu vientre.
Aunque aquello te descentre.
Se te escapan gemidos sueltos.
Y entre media algún jadeo.
Tus manos quieren rozarme.
Y apartarlas solo puedo.
Mis dedos se enredan en tu vello.
Jugar solo deseo.
Acomodas tu cuerpo.
Para ser más placentero.
Abandonamos las mentes.

Para que sea etéreo. ©Fer
Noche de soledad, cama fría.
Tu cuerpo reclama cercanía.
Recuerdos de momentos pasados.
Con fogosos amantes ansiados.
Desazón que no te deja dormir.
Deseo que te hace sufrir.
Cerrados los ojos ya.
Solo puedes imaginar.
El placer que te dará.
Tus dedos recorren tu piel.

Buscando tu propia miel. ©Fer
Te abrazo por la espalda.
Susurro levemente a tu oído.
Siento el calor de tu cuerpo.
Beso suavemente tu cuello.

Parto sin decir palabra. ©Fer