Aquella mañana era como otra cualquiera, amanecí con la
sensación de tener una pesada carga sobre mis hombros. Sentado en el borde de
la cama y con la mirada perdida en el espejo encendí un cigarro, la mente divagaba
por los vericuetos recuerdos.
Aseado y
puesto de limpio salí de casa, mientras cerraba la puerta escuche un susurro
dando los buenos días, era el vecino de arriba, aquello sin saber cómo me llevo
a pensar en lo frías que se han vuelto las relaciones con los demás.
Golpeo mi
rostro el fresco de la mañana al abrir el portal, sin hacer una mala mañana se
empezaba a notar que había llegado el otoño. Las luces de las farolas y las sombras
de los árboles, unido a que la calle estaba desierta, daban un aire de melancolía.
Los aromas
del café junto al bullicio de la cafetería fueron capaces de despertar mis
sentidos. Como si fuera una liturgia ya tenía preparado mi café, mi porra y el
vaso de agua en el rincón al final de la barra, desde aquella atalaya
contemplaba todo lo que ocurría. Los clientes habituales los tenía más que analizados,
lo interesantes eran los esporádicos, esos son merecedores de un estudio
concienzudo.
Parece mentira
lo que se puede llegar a deducir de alguien solamente con observarle o lo que
nos podemos llegar a imaginar, porque, aunque tengas un alto porcentaje de aciertos
algunas veces te sorprendes hasta tú mismo. Pero lo mejor son aquellas
historias que nacen de la imaginación y que no sabrás nunca si has acertado o
no. Sus ropas, sus manos, sus modales…son signos para tener en cuenta.
Semejante
mala costumbre la adquirí en la adolescencia. Hubo una temporada que nos dio, a
un amigo y a mí, por sentarnos en los bancos y ver pasar la gente. Entonces era
más de forma mal intencionada, donde buscábamos defectos para reírnos, eso sí, sin
insultar ni molestar a nadie, porque las risotadas y los comentarios
malintencionados se quedaban entre nosotros.
Entro por la puerta un tipo que de inmediato
llamo mi atención. Su forma de bajar los 3 escalones fue distinta a cualquier
persona, sin ser elegante resultaba totalmente llamativa. Alto, enjuto, edad difícil
de adivinar, traje negro, camisa blanca, pajarita negra y reloj de bolsillo,
zapatos con algunas guerras, aunque impolutos. Era como salido de una fotografía
de finales del siglo XIX.
Sus manos
largas de piel delicada y la manicura perfecta delataban que su trabajo, si lo tenía,
no era físico ni a la intemperie. Sus gestos eran suaves, sus modales correctos,
voz profunda y armoniosa. Mis neuronas acabaron de espabilarse y comenzaron a
elucubrar a toda máquina. Rápidamente ya le había adjudicado dos profesiones:
Abogado o pianista. Aunque ese aspecto de bohemio de época me decanto más por
la segunda.
Esta cafetería es la típica de un barrio popular,
la clientela es gente de la zona que van o vienen de trabajar, limpiadoras,
taxista, administrativos, dependientes…siendo lo más extravagante que te puedes
encontrar los enterradores del cementerio ¿Qué hacia él allí?
No podía apartar
mi mirada de él, intentaba analizar cada movimiento, cada gesto en busca de
cualquier matiz que me diera una pista. Pregunte a la camarera si le conocía y
como conocedora de mi afición con una sonrisa burlona me respondió que no.
Le imagine
cursando sus estudios de piano en el conservatorio, de los anhelos de llegar a
ser un concertista famoso y tocar en los mejores auditorios del planeta, de cómo
se truncó su carrera por un amor imposible que le llevo a su adicción a las
drogas quedando relegado a tocar en algún hotel o piano bar. Tan absorto me encontraba en crear una
historia para su vida que no me di cuenta de que había entrado Doña Maxi y que
estaban hablando los dos.
Doña Maxi
era una mujer frescachona y muy llamativa, aunque ajada por los años todavía se
la apreciaban rasgos de haber sido una mujer muy bella. Era conocido por todos
que ejercía de Madame en una casa de citas que había dos calles más abajo.
Aquello me
dejo descentrado, no sabía la relación que podían tener ambos, porque él no era
el típico cliente de la casa. Hablaron mientras apuraron el café y se marcharon.
En esto se acercó Bárbara, la camarera y con cara malvada me soltó:
-Seguro que no has acertado. Es el medico que pasa revisión
a las chicas de Doña Maxi.
Me fui sin
hacer ningún comentario y pensando. Sonreí, encendí un cigarro y seguí
caminando. ©Fer

No hay comentarios:
Publicar un comentario