lunes, 21 de noviembre de 2016

     Aquel verano estaba siendo como otros muchos, terminábamos el colegio y nos íbamos mi abuela, mi hermano y yo al pueblo. Era una aldea castellana, unas pocas casas de piedra y adobe en la falda de la sierra, calles sin asfaltar y alumbrado precario que consistía en una bombilla en las esquinas. Labradores y pastores configuraban su escasa población, que veían rota la tranquilidad en la que vivían con la llegada de los “veraneantes”.  Esta plaga eran todos descendientes de las diferentes familias, aunque se nos considerada casi como forasteros.
     Para los chavales aquello era el paraíso, hacíamos una vida salvaje, los únicos horarios que teníamos marcados eran los de las comidas, el resto del tiempo era un no parar en hacer todo tipo de actividades, montar en bici, jugar al frontón, futbol… y alguna más que si nos pillaran ahora los ecologistas iríamos a la cárcel directamente. Pero aquella monotonía se vería rota ese año.
     Era un día caluroso de finales de Julio, la mañana la pasamos montando en bicicleta por los diferentes caminos de piedra llegando a casa a la hora de comer. Daba gusto entrar en la casa y sentir el frescor que tenía, los gruesos muros de piedra no dejaban pasar el calor. Nos acabábamos de sentar a la mesa cuando un rumor en la calle se hacía cada vez más creciente, salimos a ver qué pasaba, unos gritos desoladores se escuchaban de lejos y se veía a gente correr calle arriba. Al pasar La Claudia le pregunto mi abuela  y con la cara descompuesta y casi sin aliento respondió:
     -El Señorito ha aparecido muerto.
     Don Crisóstomo Parra Parra más conocido en el pueblo como “El Señorito”. Descendía de la familia más acomodada, sus antepasados se habían trasladado a Madrid donde tenían una librería y una editorial además de otros negocios. Él por problemas de salud, tenía un asma muy pronunciada, se trasladó a vivir al pueblo, los aires serranos le beneficiaban. Vivía en una casa solariega a las afueras del pueblo y pocas veces se le veía salir de ella. Las veces que lo hacía era montando en su antiguo Citroen 11CV, una preciosa antigüedad, para ir al médico a Madrid.
     Recuerdo haber visitado la casa algunos años después de su muerte, fue para ayudar a las monjas a sacar algunos enseres.  Ya que no tenía descendencia, ni familiares cercanos, fue una congregación de monjas la beneficiaria de su testamento. Me dejo impresionado el lujo que había, la mayoría de la casa por dentro era de mármol blanco, con una escalera principal digna de película, armaduras, escudos, blasones, cuadros de antepasados… todo aquello te sobrecogía. Viviendas de servicio, cocheras, cuadras y demás dependencias auxiliares se alojaban en un edificio en L. Un jardín a la francesa, cuidado al más mínimo detalle con un velador y dos pozos culminaba la propiedad. Aunque lo que quedó grabado en mi memoria para siempre fue la biblioteca.
     La biblioteca ocupaba toda un ala del caserón, teniendo la misma altura que este, 3 pisos. Sus paredes forradas de estanterías de madera labrada, las escaleras y barandillas de hierro forjado, una gran lámpara de araña, una mesa de escritorio con una silla y un sillón de piel negra. Los lomos de los miles de libros que allí se encontraban era la única nota de color de la estancia. Cerré los ojos e imaginé a D. Crisóstomo sentado en el sillón leyendo plácidamente.
     Corrimos todos hacia el caserón, allí se encontraba ya un gran número de gente entre un murmullo de desconcierto. Se decía que el ama de llaves le había encontrado en la escalera. Montado en el tractor a todo lo que daba y tocando el claxon llego el alcalde con cara desencajada, al rato apareció la pareja de la Guardia Civil en el dos caballos. A su llegada los gritos y los sollozos se incrementaron, algunas mujeres entre llantos tapaban sus caras con los mandiles. Las elucubraciones comenzaron a correr entre todo el mundo, la que más fuerza cogía era que una banda había intentado robar y que al ser descubiertos le habían asesinado. Mi abuela con buen criterio nos llevó para casa, mientras comíamos mi hermano y yo la hicimos mil preguntas a las cuales ella respondía con evasivas, no quería que nos traumatizáramos por aquello.
     Nada más terminar con el postre salimos corriendo hacía el caserón. Seguía habiendo gran cantidad de gente y habían llegado algunos coches más. La imagen era la misma que hace unas horas, cundía el desconcierto y la alarma entre la gente, los chavales estábamos ojiplaticos y asombrados de aquel despliegue. Estaban esperando que llegara el juez para levantar el cuerpo y el trajín de entrar y salir de la casa por parte de la autoridad eras constante. Acompañada de dos números del cuerpo subió el ama de llaves en un coche y se la llevaron.
     Fue pasando el tiempo y cada vez había menos movimiento en la casa, hasta que no llegara el juez no pasaría nada. Los chavales comenzamos aburrirnos de tanta tranquilidad y nos fuimos a las eras, allí al lado, a jugar al fútbol. Desde allí veríamos si sucedía algo y no tardaríamos nada en presentarnos. Bien entrada la tarde vimos llegar un coche por la carretera, al no ser de los habituales salimos todos corriendo, dejando allí hasta el balón.
     Se bajó del coche un hombre alto de pelo blanco y los guardias civiles se cuadraron y saludaron enérgicamente. A paso rápido entro en la casa mientras hablaba con un hombre que debía ser su secretario y con el sargento. El silencio se apodero de todos los que estábamos fuera, no sé si por temor o por intentar escuchar lo que decían, esta segunda cosa imposible. Al rato dos hombres sacaron una camilla con un cuerpo tapado por una sábana, mientras solo se escuchaba algún sollozo perdido.
     Aquella noche creo que durmió poca gente, el miedo a que hubiera una banda de delincuentes por la zona tenía a la mayoría preocupados. Mi abuela saco la escopeta de mi padre y la puso en la cabecera de la cama, con lo menuda que era y que decidida. Yo recuerdo que tardé en quedarme dormido, entre el nerviosismo de lo vivido y el miedo no estaba tranquilo. Sin darme cuenta los ojos se cerraron vencidos por el cansancio.
     A la mañana siguiente desayunamos rápidamente entre preguntas a mi abuela de si sabía enterado de algo más. Salimos como alma que lleva el diablo al caserón, nos llevamos una decepción al no ver a nadie, todo estaba de lo más tranquilo. Me fui al frontón que solía ser nuestro punto de reunión, poco a poco fue apareciendo toda la chiquillería. Cada uno fue contando lo que había oído decir en su casa, solo historias que más tarde veríamos que no tenían nada que ver con la realidad. Así fueron pasando los días, la vida se había normalizado por completo, aunque no se dejaba de hablar del tema.
     Una tarde la noticia corrió como la pólvora por el pueblo, al “Señorito” no le habían matado, se había suicidado. Según contaron, había atado una cuerda en la barandilla del tercer piso y a su cuello dejándose caer por el hueco de la escalera quedando a poca distancia del suelo. Aquello volvió a reabrir el tema, que no se había cerrado del todo, y ahora venían las hipótesis de por qué lo había hecho. Se escucharon muchas, pero realmente no se sabe por qué lo hizo, siendo la más creíbles de todas la que decía que tenía una enfermedad incurable y muy dolorosa.

     Después de aquello todo había vuelto a la normalidad, a ser un veraneo en una aldea castellana, donde las noticias más importantes eran si un granizo había estropeado la cosecha o alguna vaca había abortado. Llego el final del verano, la gente se fue marchando escalonadamente, la tranquilidad que añoraban sus vecinos iba volviendo poco a poco. ©Fer

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