Aquel verano estaba
siendo como otros muchos, terminábamos el colegio y nos íbamos mi abuela, mi
hermano y yo al pueblo. Era una aldea castellana, unas pocas casas de piedra y adobe
en la falda de la sierra, calles sin asfaltar y alumbrado precario que consistía
en una bombilla en las esquinas. Labradores y pastores configuraban su escasa
población, que veían rota la tranquilidad en la que vivían con la llegada de
los “veraneantes”. Esta plaga eran todos
descendientes de las diferentes familias, aunque se nos considerada casi como
forasteros.
Para los chavales
aquello era el paraíso, hacíamos una vida salvaje, los únicos horarios que teníamos
marcados eran los de las comidas, el resto del tiempo era un no parar en hacer
todo tipo de actividades, montar en bici, jugar al frontón, futbol… y alguna
más que si nos pillaran ahora los ecologistas iríamos a la cárcel directamente.
Pero aquella monotonía se vería rota ese año.
Era un día
caluroso de finales de Julio, la mañana la pasamos montando en bicicleta por
los diferentes caminos de piedra llegando a casa a la hora de comer. Daba gusto
entrar en la casa y sentir el frescor que tenía, los gruesos muros de piedra no
dejaban pasar el calor. Nos acabábamos de sentar a la mesa cuando un rumor en
la calle se hacía cada vez más creciente, salimos a ver qué pasaba, unos gritos
desoladores se escuchaban de lejos y se veía a gente correr calle arriba. Al
pasar La Claudia le pregunto mi abuela y
con la cara descompuesta y casi sin aliento respondió:
-El Señorito ha aparecido
muerto.
Don Crisóstomo
Parra Parra más conocido en el pueblo como “El Señorito”. Descendía de la familia
más acomodada, sus antepasados se habían trasladado a Madrid donde tenían una librería
y una editorial además de otros negocios. Él por problemas de salud, tenía un
asma muy pronunciada, se trasladó a vivir al pueblo, los aires serranos le
beneficiaban. Vivía en una casa solariega a las afueras del pueblo y pocas
veces se le veía salir de ella. Las veces que lo hacía era montando en su
antiguo Citroen 11CV, una preciosa antigüedad, para ir al médico a Madrid.
Recuerdo haber visitado
la casa algunos años después de su muerte, fue para ayudar a las monjas a sacar
algunos enseres. Ya que no tenía
descendencia, ni familiares cercanos, fue una congregación de monjas la
beneficiaria de su testamento. Me dejo impresionado el lujo que había, la mayoría
de la casa por dentro era de mármol blanco, con una escalera principal digna de
película, armaduras, escudos, blasones, cuadros de antepasados… todo aquello te
sobrecogía. Viviendas de servicio, cocheras, cuadras y demás dependencias
auxiliares se alojaban en un edificio en L. Un jardín a la francesa, cuidado al
más mínimo detalle con un velador y dos pozos culminaba la propiedad. Aunque lo
que quedó grabado en mi memoria para siempre fue la biblioteca.
La biblioteca
ocupaba toda un ala del caserón, teniendo la misma altura que este, 3 pisos. Sus
paredes forradas de estanterías de madera labrada, las escaleras y barandillas
de hierro forjado, una gran lámpara de araña, una mesa de escritorio con una silla
y un sillón de piel negra. Los lomos de los miles de libros que allí se
encontraban era la única nota de color de la estancia. Cerré los ojos e imaginé
a D. Crisóstomo sentado en el sillón leyendo plácidamente.
Corrimos todos
hacia el caserón, allí se encontraba ya un gran número de gente entre un murmullo
de desconcierto. Se decía que el ama de llaves le había encontrado en la escalera.
Montado en el tractor a todo lo que daba y tocando el claxon llego el alcalde
con cara desencajada, al rato apareció la pareja de la Guardia Civil en el dos
caballos. A su llegada los gritos y los sollozos se incrementaron, algunas
mujeres entre llantos tapaban sus caras con los mandiles. Las elucubraciones comenzaron
a correr entre todo el mundo, la que más fuerza cogía era que una banda había
intentado robar y que al ser descubiertos le habían asesinado. Mi abuela con
buen criterio nos llevó para casa, mientras comíamos mi hermano y yo la hicimos
mil preguntas a las cuales ella respondía con evasivas, no quería que nos traumatizáramos
por aquello.
Nada más terminar
con el postre salimos corriendo hacía el caserón. Seguía habiendo gran cantidad
de gente y habían llegado algunos coches más. La imagen era la misma que hace
unas horas, cundía el desconcierto y la alarma entre la gente, los chavales estábamos
ojiplaticos y asombrados de aquel despliegue. Estaban esperando que llegara el
juez para levantar el cuerpo y el trajín de entrar y salir de la casa por parte
de la autoridad eras constante. Acompañada de dos números del cuerpo subió el
ama de llaves en un coche y se la llevaron.
Fue pasando el
tiempo y cada vez había menos movimiento en la casa, hasta que no llegara el
juez no pasaría nada. Los chavales comenzamos aburrirnos de tanta tranquilidad y
nos fuimos a las eras, allí al lado, a jugar al fútbol. Desde allí veríamos si sucedía
algo y no tardaríamos nada en presentarnos. Bien entrada la tarde vimos llegar
un coche por la carretera, al no ser de los habituales salimos todos corriendo,
dejando allí hasta el balón.
Se bajó del coche
un hombre alto de pelo blanco y los guardias civiles se cuadraron y saludaron enérgicamente.
A paso rápido entro en la casa mientras hablaba con un hombre que debía ser su
secretario y con el sargento. El silencio se apodero de todos los que estábamos
fuera, no sé si por temor o por intentar escuchar lo que decían, esta segunda
cosa imposible. Al rato dos hombres sacaron una camilla con un cuerpo tapado
por una sábana, mientras solo se escuchaba algún sollozo perdido.
Aquella noche
creo que durmió poca gente, el miedo a que hubiera una banda de delincuentes
por la zona tenía a la mayoría preocupados. Mi abuela saco la escopeta de mi
padre y la puso en la cabecera de la cama, con lo menuda que era y que
decidida. Yo recuerdo que tardé en quedarme dormido, entre el nerviosismo de lo
vivido y el miedo no estaba tranquilo. Sin darme cuenta los ojos se cerraron
vencidos por el cansancio.
A la mañana
siguiente desayunamos rápidamente entre preguntas a mi abuela de si sabía
enterado de algo más. Salimos como alma que lleva el diablo al caserón, nos
llevamos una decepción al no ver a nadie, todo estaba de lo más tranquilo. Me
fui al frontón que solía ser nuestro punto de reunión, poco a poco fue
apareciendo toda la chiquillería. Cada uno fue contando lo que había oído decir
en su casa, solo historias que más tarde veríamos que no tenían nada que ver
con la realidad. Así fueron pasando los días, la vida se había normalizado por completo,
aunque no se dejaba de hablar del tema.
Una tarde la
noticia corrió como la pólvora por el pueblo, al “Señorito” no le habían
matado, se había suicidado. Según contaron, había atado una cuerda en la
barandilla del tercer piso y a su cuello dejándose caer por el hueco de la escalera
quedando a poca distancia del suelo. Aquello volvió a reabrir el tema, que no
se había cerrado del todo, y ahora venían las hipótesis de por qué lo había
hecho. Se escucharon muchas, pero realmente no se sabe por qué lo hizo, siendo
la más creíbles de todas la que decía que tenía una enfermedad incurable y muy
dolorosa.
Después de
aquello todo había vuelto a la normalidad, a ser un veraneo en una aldea
castellana, donde las noticias más importantes eran si un granizo había
estropeado la cosecha o alguna vaca había abortado. Llego el final del verano,
la gente se fue marchando escalonadamente, la tranquilidad que añoraban sus
vecinos iba volviendo poco a poco. ©Fer

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