lunes, 14 de noviembre de 2016

   Hoy no sabía de qué escribir, si del encanto del vouayerismo o de los problemas de las relaciones humanas. Aunque se pueda buscar un nexo de unión entre ambas, en este caso, no busco esa conexión. Creo que lo mejor será dejar de intentar aclarar la psiquis y que la imaginación vuele por los mundos del erotismo.

   Me habías invitado a cenar a tu casa, subí tranquilamente las escaleras, como es costumbre llegaba un poco pronto, me pare en el descansillo para hacer tiempo y encendí un cigarro, se apagaron las luces quedando en la más absoluta oscuridad.
   Como faro en la noche mi presencia solo era delatada por la lumbre del pitillo al dar alguna calada, mi mente voló al recuerdo de cómo nos conocimos. No se me olvida la primera vez que te vi, nada más entrar en la cafetería mis ojos se clavaron en ti, sentada al final de la barra tenías la taza agarrada con ambas manos y la mirada perdida en la lejanía. Le pregunte a mi amigo que si te conocía y me informo que eras la farmacéutica.
   Aunque eran habituales mis visitas a este amigo, desde aquel momento se multiplicaron. Tenía un presentimiento de que llegaríamos a conocernos y ser más que amigos. En las dos siguientes visitas no coincidimos en el café, así que cambie de táctica y tendría que ir a tu terreno, desde ese instante empecé a necesitar una gran cantidad de productos farmacéuticos.
   Poco a poco fuimos ganando confianza, salíamos a tomar café juntos y charlábamos de mil cosas. La química que existía entre los dos era evidente y llego el momento de dar un paso más. Con el pretexto de que era mi santo te invite a cenar y sin dudarlo un segundo diste tu aprobación. Aquella semana no volví a ir a verte hasta el viernes, que es cuando habíamos quedado.
   Pase a buscarte, quede prendido de la guapa que venias, nos saludamos cariñosamente y subiéndonos en el coche nos dirigimos al restaurante. La cena trascurrió en medio de una conversación fluida y amena, las bromas y risas eran constantes y los cruces de miradas tenían una segunda lectura, esa que delata atracción mutua.
   Salimos agarrados del brazo y a los poco pasos haciendo un leve giro de cuerpo quedamos frente a frente, mire tus ojos, después los labios y sin reprimir el fuego que ardía dentro de mi te bese dulcemente. Entre caricias y besos nos tomamos una copa en un lugar de moda y acabamos retozando en la suavidad de tus sábanas. Desde aquella noche pasamos a ser amantes, nos unían muchas cosas, casi demasiadas, pero no tantas como mantener una relación.
   Se encendió la luz de la escalera, el fogonazo me dejo casi ciego y me hizo salir de mi estado. Subí el último tramo de escalera y frente a tu puerta me coloqué la ropa y llame al timbre. Escuche como venían tus tacones clavándose en la madera del suelo, el sonido metálico de la cerradura y lentamente se abría la puerta. Un abrazo cálido y un beso profundo fue el mejor saludo.
   Serviste un par de copas de vino mientras me sentaba en el sofá, comentabas los problemas que tenías en la farmacia con el mancebo y que había venido tu madre a verte. Sentados cada uno en un extremo charlamos tranquilamente, mientras picábamos los aperitivos que había preparado. Te levantaste disculpándote un momento y te fuiste hacia la habitación. Pasado un instante me llamaste.
   Al abrir la puerta mi cuerpo dio un vuelco, enfundada en un conjunto de lencería negro te encontrabas como la maja tumbada en la cama. Aquella mirada sabía lo que significaba, con un gesto me indicaste que me sentara en el butacón. Una vez acomodado y sin apartar tus ojos de los míos comenzaste una danza, un baile sin música que era pura provocación.
   Acariciabas tu piel libre, el encaje de tu ropa, serpenteaba tu cuerpo encima de las sábanas acercándome tu cara, tu respiración se fue acelerando y la mía al unísono, tus juegos fueron siendo cada vez más excitante. Desabrochaste el sujetador cubriendo tus pechos con las manos, dándote la vuelta me ofreciste la desnudez y suavidad de tu espalda. Mi excitación iba creciendo con cada postura, con cada movimiento, cada insinuación…
   Aquel baile se convirtió en la Danza de Fuego, dejaste tu cuerpo solo cubierto por el ligero y las medias, jugabas con tus pechos, pellizcabas los pezones, tus dedos se perdían entre tus piernas, no se la cantidad de veces que tuve que refrenar mis impulsos de saltar sobre ti y poseerte, pero sabía que aquello es lo que deseabas.

   El juego de tus manos en tu entrepierna daba su resultado, los suspiros se convirtieron en gemidos, estos en gritos, arqueaste tu cuerpo entre espasmos de placer, caíste rendida ante el poder del orgasmo, como ese bocado de gelatina tu cuerpo temblaba. Abriste los ojos con mirada tierna y desafiante, una sonrisa ilumino tu cara y el movimiento de tu dedo me mostraba el camino hasta ti.  ©Fer

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