lunes, 7 de noviembre de 2016

   Cada uno tenemos nuestra hora mágica, esa en la que somos capaces de explorar nuestro propio yo, en la cual entre un mundo de tinieblas llegamos a ser capaces de acércanos más a la realidad. Para mi esta hora es la madrugada.
   Despertar suavemente en la tranquilidad de la noche, los ojos acostumbrados a la oscuridad observan las sobras que dibuja la poca claridad que entra por las ventanas. Cómo sustentado por una fuerza extraña te levantas muy despacio, caminas lentamente recorriendo toda la casa sin encender las luces. Abres la nevera y el resplandor de la pequeña bombilla te deslumbra, a tientas eres capaz de coger la botella de leche, preparas un café y vuelves a la tranquilidad de la oscuridad al cerrar la puerta.
   Como una procesión de animas te diriges por el largo pasillo hasta el despacho, acomodas tu cuerpo en tu sillón favorito, ese que tiene en su memoria la forma de tu cuerpo, das un sorbo de café y alargas la mano para sacar un cigarrillo, recuestas tu espalda sobre el respaldo y das una larga cala. Tu mente divaga como ruleta, no sabes en que asunto se centrara.
   Escudriñas y analizas concienzudamente el tema mientras apuras el tabaco y entonas el cuerpo con la templanza del negro néctar. El silencio, solo roto por algún crujido de la madera, y la oscuridad te ayuda a la concentración. Sin ser consciente del correr del tiempo la luz va ganando la batalla doblegando las sombras de la noche.
   A la vuelta de buscar otro café me siento en la mesa, abro el ordenador, reviso los correos, echo un vistazo a las ultimas noticias, un repaso a las redes sociales y abrir el archivo de mi ultimo escrito. Relees los últimos párrafos para retomar un poco el hilo, mirando la pantalla y colocando los dedos encima del teclado esperas la llegada de la providencia divina que den vida a tus manos.
   Paras de vez en cuando y miras a través del ventanal, la poca gente que pasa a esas horas va embozada por el frío, las ramas de los arboles casi desnuda se mecen por el viento, las luces de los coches alumbran como faro en la mar y los ruidos son cada vez más frecuentes.
   Se vuelve a oír el golpeo en el teclado, cada vez queda menos tiempo para finalice tu hora. Los rayos del sol se filtrarán por el cristal iluminando como en una visión macabra aquella mascara que trajiste de un viaje, escuchas el taconeo de las uñas de la perra en el paquet, los leves pasos de tu mujer en el pasillo y rompiendo el silencio un “Buenos días cariño”

   Guardas los cambios en el archivo, cierras muy lentamente la tapa del portátil y pasas del esta “Yo” al estado mundo. ©Fer

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