Cada uno tenemos
nuestra hora mágica, esa en la que somos capaces de explorar nuestro propio yo,
en la cual entre un mundo de tinieblas llegamos a ser capaces de acércanos más
a la realidad. Para mi esta hora es la madrugada.
Despertar
suavemente en la tranquilidad de la noche, los ojos acostumbrados a la
oscuridad observan las sobras que dibuja la poca claridad que entra por las
ventanas. Cómo sustentado por una fuerza extraña te levantas muy despacio, caminas
lentamente recorriendo toda la casa sin encender las luces. Abres la nevera y
el resplandor de la pequeña bombilla te deslumbra, a tientas eres capaz de
coger la botella de leche, preparas un café y vuelves a la tranquilidad de la
oscuridad al cerrar la puerta.
Como una procesión de animas te diriges por el
largo pasillo hasta el despacho, acomodas tu cuerpo en tu sillón favorito, ese
que tiene en su memoria la forma de tu cuerpo, das un sorbo de café y alargas
la mano para sacar un cigarrillo, recuestas tu espalda sobre el respaldo y das
una larga cala. Tu mente divaga como ruleta, no sabes en que asunto se
centrara.
Escudriñas y analizas
concienzudamente el tema mientras apuras el tabaco y entonas el cuerpo con la
templanza del negro néctar. El silencio, solo roto por algún crujido de la
madera, y la oscuridad te ayuda a la concentración. Sin ser consciente del
correr del tiempo la luz va ganando la batalla doblegando las sombras de la
noche.
A la vuelta de
buscar otro café me siento en la mesa, abro el ordenador, reviso los correos,
echo un vistazo a las ultimas noticias, un repaso a las redes sociales y abrir
el archivo de mi ultimo escrito. Relees los últimos párrafos para retomar un
poco el hilo, mirando la pantalla y colocando los dedos encima del teclado
esperas la llegada de la providencia divina que den vida a tus manos.
Paras de vez en
cuando y miras a través del ventanal, la poca gente que pasa a esas horas va
embozada por el frío, las ramas de los arboles casi desnuda se mecen por el
viento, las luces de los coches alumbran como faro en la mar y los ruidos son
cada vez más frecuentes.
Se vuelve a oír el
golpeo en el teclado, cada vez queda menos tiempo para finalice tu hora. Los
rayos del sol se filtrarán por el cristal iluminando como en una visión macabra
aquella mascara que trajiste de un viaje, escuchas el taconeo de las uñas de la
perra en el paquet, los leves pasos de tu mujer en el pasillo y rompiendo el
silencio un “Buenos días cariño”
Guardas los cambios
en el archivo, cierras muy lentamente la tapa del portátil y pasas del esta “Yo”
al estado mundo. ©Fer

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