Se llamaba Inma,
tenía unos 40 años cuando la conocí, sin ser una mujer que llamara la atención
resultaba atractiva e interesante, yo rondaba los 22 años. Ella fue la
responsable y la maestra de enseñarme numerosas prácticas amatorias que hasta
entonces desconocía. Era meticulosa no dejaba nada al azar.
Yo no sé qué vio en
mi aquella mujer que casi me doblaba la edad, pues con su clase y estilo podría
tener infinidad de hombres a sus pies y no un niñato inexperto como yo. Aunque
aquello duro más o menos como un curso escolar, fue de manera intensiva y con
muchas clases de recuperación. Con el paso de los años descubrí lo que
realmente quería, un aprendiz, alguien a quien poder enseñar todo aquello que
atesoraba.
Antes de nada, me
daba una pequeña clase teórica de lo que íbamos hacer. No omitía detalle alguno
y se recreaba en todas las facetas que creía que merecían una mayor atención. Después
pasábamos al dormitorio y desarrollábamos lo explicado anteriormente, ella me corregía
delicadamente en los fallos y me premiaba con sus orgasmos cuando era aplicado.
Yo poco a poco me
fui soltando, preguntando y proponiendo cosas, ella me las explicaba con
delicadeza como si fuera la cosa más natural del mundo, respecto a mis proposiciones
siempre tenía la misma respuesta “Tranquilo a eso ya llegaremos”
El masaje femenino
lo estudiamos a fondo, aunque entonces no entendí su importancia con el paso
del tiempo he sabido valorarlo. El tener la excitación, el deseo, el placer en
tus manos, el ser tú el que vas marcando los tiempos del juego, de buscar las
reacciones de su cuerpo a tu antojo, de que ella no pueda tocarte, va creando
una atmosfera de lujuria que emana por los poros. También existe el masculino,
siendo de la misma intensidad y satisfacción.
La habitación
estaba en penumbra, muy bajo se oía una música relajante y tumbaba desnuda
bocabajo en una camilla me esperaba. Cogía un frasco de aceite de almendras
echando generosamente en mis manos, las frotaba entre ellas para que cogieran
temperatura y comenzaba a masajear. Empezaba por el pie y seguía por la pierna
llegando hasta la pequeña toalla que cubría sus glúteos, luego me pasaba a la
otra pierna de la misma forma, estos eran de forma enérgica e iban perdiendo
fuerza según me acercaba a la toalla.
Después comenzaba
con la espalda, desde donde comenzaba la toalla hacia arriba, no había musculo
que no fuera frotado, los hombros, los costados, los brazos, las manos. Hay que
utilizar la fuerza apropiada, sin son demasiado fuertes causas dolor y si son
suaves no relajan. Una vez finalizada la espalda mis manos entraban debajo de
la toalla, de arriba abajo, de forma circular, apretando… extendía el aceite
por sus nalgas y de forma más delicada lo hacían mis dedos al llegar entre sus
piernas.
Dándose la vuelta seguía
el masaje con las mismas pautas que bocabajo, primero las piernas llegando solo
hasta la toalla, luego los hombros y brazos, los costados, el vientre y por últimos
los pechos. Con estos últimos la intensidad cambiaba, tienes que buscar
caricias suaves pero intensas que vayas sintiendo como se endurecen. Subía mis manos
apretando desde los costados, procurando que los pezones quedaran atrapados
entre los dedos, desde abajo las manos pegadas a sus costillas terminando
unidas en el centro, las palmas los masajean circularmente. Notaba el grado de
excitación por su respiración, por sus suspiros e incluso gemidos. No tenía
prisa, la finalidad era darle un placer sublime.
Cuando creía que tenía
el grado de excitación adecuada mis manos se adentraban en la calidez debajo de
la tolla, sus muslos eran el centro de mi atención, cada vez acercándome más a
su cara interna y continuando por sus ingles. Sus piernas se separaban
levemente para facilitar mis maniobras, en esos momentos solo se escuchaban ya gemidos.
Apartaba la toalla y las caricias se hacían cada vez más profundas. Aquellas caricias
eran interminables, paraba y seguía según su grado de excitación, no escuchando
sus ruegos. Pero aquel no era el fin, una vez que cogía un poco de fuerzas y su
cuerpo se calmaba, volvía a buscar su placer con las caricias más profundas.
30 años después solo
puede agradecer todo lo que me enseño y en especial el masaje. ©Fer

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