lunes, 14 de noviembre de 2016

   Se llamaba Inma, tenía unos 40 años cuando la conocí, sin ser una mujer que llamara la atención resultaba atractiva e interesante, yo rondaba los 22 años. Ella fue la responsable y la maestra de enseñarme numerosas prácticas amatorias que hasta entonces desconocía. Era meticulosa no dejaba nada al azar.
   Yo no sé qué vio en mi aquella mujer que casi me doblaba la edad, pues con su clase y estilo podría tener infinidad de hombres a sus pies y no un niñato inexperto como yo. Aunque aquello duro más o menos como un curso escolar, fue de manera intensiva y con muchas clases de recuperación. Con el paso de los años descubrí lo que realmente quería, un aprendiz, alguien a quien poder enseñar todo aquello que atesoraba.
   Antes de nada, me daba una pequeña clase teórica de lo que íbamos hacer. No omitía detalle alguno y se recreaba en todas las facetas que creía que merecían una mayor atención. Después pasábamos al dormitorio y desarrollábamos lo explicado anteriormente, ella me corregía delicadamente en los fallos y me premiaba con sus orgasmos cuando era aplicado.
   Yo poco a poco me fui soltando, preguntando y proponiendo cosas, ella me las explicaba con delicadeza como si fuera la cosa más natural del mundo, respecto a mis proposiciones siempre tenía la misma respuesta “Tranquilo a eso ya llegaremos”
   El masaje femenino lo estudiamos a fondo, aunque entonces no entendí su importancia con el paso del tiempo he sabido valorarlo. El tener la excitación, el deseo, el placer en tus manos, el ser tú el que vas marcando los tiempos del juego, de buscar las reacciones de su cuerpo a tu antojo, de que ella no pueda tocarte, va creando una atmosfera de lujuria que emana por los poros. También existe el masculino, siendo de la misma intensidad y satisfacción.
   La habitación estaba en penumbra, muy bajo se oía una música relajante y tumbaba desnuda bocabajo en una camilla me esperaba. Cogía un frasco de aceite de almendras echando generosamente en mis manos, las frotaba entre ellas para que cogieran temperatura y comenzaba a masajear. Empezaba por el pie y seguía por la pierna llegando hasta la pequeña toalla que cubría sus glúteos, luego me pasaba a la otra pierna de la misma forma, estos eran de forma enérgica e iban perdiendo fuerza según me acercaba a la toalla.
   Después comenzaba con la espalda, desde donde comenzaba la toalla hacia arriba, no había musculo que no fuera frotado, los hombros, los costados, los brazos, las manos. Hay que utilizar la fuerza apropiada, sin son demasiado fuertes causas dolor y si son suaves no relajan. Una vez finalizada la espalda mis manos entraban debajo de la toalla, de arriba abajo, de forma circular, apretando… extendía el aceite por sus nalgas y de forma más delicada lo hacían mis dedos al llegar entre sus piernas.
   Dándose la vuelta seguía el masaje con las mismas pautas que bocabajo, primero las piernas llegando solo hasta la toalla, luego los hombros y brazos, los costados, el vientre y por últimos los pechos. Con estos últimos la intensidad cambiaba, tienes que buscar caricias suaves pero intensas que vayas sintiendo como se endurecen. Subía mis manos apretando desde los costados, procurando que los pezones quedaran atrapados entre los dedos, desde abajo las manos pegadas a sus costillas terminando unidas en el centro, las palmas los masajean circularmente. Notaba el grado de excitación por su respiración, por sus suspiros e incluso gemidos. No tenía prisa, la finalidad era darle un placer sublime.
   Cuando creía que tenía el grado de excitación adecuada mis manos se adentraban en la calidez debajo de la tolla, sus muslos eran el centro de mi atención, cada vez acercándome más a su cara interna y continuando por sus ingles. Sus piernas se separaban levemente para facilitar mis maniobras, en esos momentos solo se escuchaban ya gemidos. Apartaba la toalla y las caricias se hacían cada vez más profundas. Aquellas caricias eran interminables, paraba y seguía según su grado de excitación, no escuchando sus ruegos. Pero aquel no era el fin, una vez que cogía un poco de fuerzas y su cuerpo se calmaba, volvía a buscar su placer con las caricias más profundas.

   30 años después solo puede agradecer todo lo que me enseño y en especial el masaje. ©Fer

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