Amanecí bien entrada la mañana, entre la charla y la
pesadilla no había dormido mucho. El agua caliente sobre mi cuerpo estaba reanimándome,
los músculos agradecían el tratamiento. El sol estaba en todo lo alto y hacía
una temperatura magnifica.
Salí del Monasterio, necesitaba dar un largo paseo. Recorrí
el pueblo tranquilamente, observe sus casas típicas, su gente. La influencia
que ha ejercido el Camino de Santiago sobre los pueblos por los cuales
trascurre es evidente. Se han creado numerosos negocios relacionados con los
peregrinos, ayudando a impedir la marcha de sus habitantes a las grandes
ciudades. Decidí seguir un rato a los peregrinos y realizar un tramo del
camino.
Mi paso era mucho más lento que el de la mayoría de los
peregrinos, no tenía prisa, así que fui pasado por varios, los cuales
amablemente dijeron el saludo típico de: “Buen camino”. Los hay de todo tipo y condición,
aunque una vez puestos en marcha todos son iguales. Hombres rudos entrados en
años, jóvenes despertando en la vida, ancianos entrañables, mujeres en la
madurez… todos con el mismo fin, llegar a ver al Santo, lo único que los
diferencia es la motivación para hacerlo.
Había andado como un par de horas, no me debía de quedar
mucho para llegar a Portomarín, cuando llegue a un bar típico de peregrinos. Varios
estaban sentados a su puerta descansando mientras daban cuenta de algunas viandas,
alguno estaba tirado en un trozo de césped parecía como si los hubieran dado un
tiro, otros sentados en su interior. Aquí es donde se aprecian las diferencias
entre ellos.
Ese grupito de jovencitas que para ellas es una aventura.
Dos amigas de cierta edad que lo realizan por moda. Ese matrimonio de recién casados
que todavía desprende amor. Unos cuantos extranjeros influenciados por algún
blog de senderistas. Un hombre casi anciano de rasgos duros que no eres capaz
de adentrarte en su motivación. Este despertó mi interés.
Sentado en una esquina de la barra daba cuenta de un bocadillo
y un botellín. La cara y manos quemadas por el sol, una barba de un par de días,
su mirada profundan perdida en la lejanía y sus ropas gastadas. Todo ello le confería
un cierto aire enigmático.
Me senté en un taburete en la esquina pegada a él, pedí un
café con leche y un picho de tortilla. Tenía que ser habilidoso y cauto para intentar entablar
conversación, a alguien así hay que saber cómo se le aborda. Clavo su mirada
profunda en mí:
-Me permite. Me dijo mientras señalaba la prensa que tenía a
mi lado.
Se la entregue con una media sonrisa, aquello era la mecha
para iniciar la conversación:
-Uno debe estar informado, aunque este en el camino.
Esto nos llevó a una charla que empezó algo fría y poco a
poco se fue volviendo más amena. Según me comento, después de hablar de banalidades,
empezó su camino en Madrid llevaba 35
días de viaje. Él no tenía prisa por llegar, hacia las jornadas como le apetecía
y no como marcan las rutas y si algún día no le apetecía andar se quedaba
tranquilamente visitando los pueblos. Me miro de arriba abajo y me dijo que yo
no era peregrino y tampoco de la zona, así que le explique que estaba de retiro
en el Monasterio. Esto le debió de gustar y se relajó todavía más.
Nos sentamos en una mesa de la calle viendo llegar y marchar
a la gente. Se apreciaba por sus formas que era una persona cultivada, pudiendo
tratar con el cualquier tema. Sus pensamientos eran profundos, llegando alguna
vez a descolocarme. Me confeso que él también
estaba intentando encontrarse a sí mismo, su mujer había muerto hacia 2 años y
no era capaz de superarlo. Sus ojos se humedecieron al hacer esa confidencia.
Sabiendo que lo más seguro no nos volveríamos a ver en la
vida nos confesamos el uno con el otro. No sabíamos lo que nos unía, pero
dejamos salir nuestros sentimientos. Hay a veces que es más fácil contarle
estas cosas a un extraño.
Se había hecho tarde, como no saliera ya la noche se me
echaría encima. Con pocas palabras nos despedimos y en vez de estrecharnos la
mano nos dimos un profundo abrazo. Dándome
ya la vuelta para irme le dije:
-Buen camino. Contestándome.
-Buena vida.
Aquello me sorprendió dejándome parado, me volví y solo pude
ver su espalda. ©Fer