martes, 29 de marzo de 2016

Pego mi cuerpo desnudo con tu espalda.
Muerdo levemente tu nuca.
Mi miembro se acopla contra tu culo.
Agarro tus pechos masajeándoles.
Despacio se van endureciendo.
Mi mano se desliza por tu costado.
Baja por tu ingle llegando a la suavidad de tu sexo.
Las yemas de mis dedos lo rozan.
Permites mi acceso entreabriendo las piernas.
Juego con los labios que se abren.
Rozo tu clítoris humedeciéndote.
Las caricias se hacen más profundas.
Muevo las caderas para rozar más mi sexo.
Suspiras, gimes, jadeas, tu cuerpo se va tensando.
Te entregas separando tus piernas por completo.
Abandonas tus sentidos al placer.
Juego justo por detrás de tu clítoris.
Arqueas tu cuerpo buscando el mayor contacto.
Mi mano empapada acelera el ritmo.
Te agarras a las sábanas.
Gritas ferozmente mientras brota a borbotones tu manantial.
Se relajan tus músculos.
Lamemos a la vez los restos del placer en mi mano.

Acabamos fundiéndonos en un beso sin fin.  ©Fer

lunes, 28 de marzo de 2016

Quiero mirarte a los ojos.
Sentir la lujuria en ellos.
Besar tu boca, morder tus labios.
Subir mi mano por tus muslos.
Bajar mi boca por tu cuello.
El calor de tu sexo a través de la tela.
Como se endurecen tus pechos en mi boca.
Levemente apartar el tanga.
Jugar suavemente con tus labios.
Mordisquear tus pezones.
Notar en las yemas de mis dedos como te abres.
Oír tus suspiros.
Como te humedeces.
Como palpita tu sexo.
Quiero sentir como contraes tus músculos sujetando mis dedos.
Silenciar tus gemidos besándote.
Como se retuerce tu cuerpo de placer.

Mientras brota en mi mano todo tu éxtasis.  ©Fer

martes, 22 de marzo de 2016

En el camino de vuelta fui dándole vueltas a la charla con el peregrino, esto me hizo recordar a mi querido amigo Montero. Tipo singular en todos los aspectos tenía el carácter del castellano, nuestras charlas siempre fueron profundas aunque pudieran parecer mundanas estaban llenas siempre de un doble sentido. No prodigaba mucho el verbo cuando había gente nueva, pero cuando hablaba era como un mazo cayendo en el yunque, sentenciaba con dos palabras.

Creemos que nos conocemos, que tenemos control sobre nuestra mente, damos sensación de seguridad a los demás, pero que equivocados estamos.  No imaginamos los abismos que tiene nuestro ser, hasta donde somos capaces de hundirnos y como entramos en un carrusel que nos absorbe sin dejarnos salir. 

Yo ya no se ni lo que soy, si un buenazo, un romántico o simplemente un tonto que no aprende con los años. Sigo cayendo un los mismo errores, decepcionándome por las mismas cosas, sufriendo por los hechos de los demás. Un niño en el cuerpo de un hombre, pero siempre me hago la misma pregunta:

¿Cómo es un hombre?

Uno va teniendo más canas que otra cosa y  te das cuenta que todo el mundo tienes sus miedos y temores. ¿Qué diferencia a unos y a otros?  Para mi simplemente es solo la forma de encubrirlos, unos  no saben o no quieren enmascararlos y otros utilizan el mejor camuflaje. Acelere el paso para llegar a la hora de cenar, que aquel paseo me había abierto el apetito.

Aunque estaba algo cansado después de cenar me dedique a pasear muy despacio por el claustro. Mi mente devoraba con glotonería los recuerdos, aquellos que llevas cerca de tu corazón, esos que te hacen sonreír y lo que te hacen llorar.  Me iba haciendo una cascada de preguntas sin respuesta, que seguramente desde otro punto de vista si las tendrían, pero yo no era capaz de encontrarlas.


En estos momentos no sé si seré capaz de ordenar las cosas, de poner los sentimientos en su sitio, que se despejen los nubarrones y por lo menos brille un rayo de sol. Con aquellos pensamientos tire mi cuerpo encima de la cama y sin ser consciente de ello me quede dormido. ©Fer

jueves, 17 de marzo de 2016

Amanecí bien entrada la mañana, entre la charla y la pesadilla no había dormido mucho. El agua caliente sobre mi cuerpo estaba reanimándome, los músculos agradecían el tratamiento. El sol estaba en todo lo alto y hacía una temperatura magnifica.

Salí del Monasterio, necesitaba dar un largo paseo. Recorrí el pueblo tranquilamente, observe sus casas típicas, su gente. La influencia que ha ejercido el Camino de Santiago sobre los pueblos por los cuales trascurre es evidente. Se han creado numerosos negocios relacionados con los peregrinos, ayudando a impedir la marcha de sus habitantes a las grandes ciudades.   Decidí seguir un rato  a los peregrinos y realizar un tramo del camino.  

Mi paso era mucho más lento que el de la mayoría de los peregrinos, no tenía prisa, así que fui pasado por varios, los cuales amablemente dijeron el saludo típico de: “Buen camino”. Los hay de todo tipo y condición, aunque una vez puestos en marcha todos son iguales. Hombres rudos entrados en años, jóvenes despertando en la vida, ancianos entrañables, mujeres en la madurez… todos con el mismo fin, llegar a ver al Santo, lo único que los diferencia es la motivación para hacerlo.

Había andado como un par de horas, no me debía de quedar mucho para llegar a Portomarín, cuando llegue a un bar típico de peregrinos. Varios estaban sentados a su puerta descansando mientras daban cuenta de algunas viandas, alguno estaba tirado en un trozo de césped parecía como si los hubieran dado un tiro, otros sentados en su interior.  Aquí es donde se aprecian las diferencias entre ellos.

Ese grupito de jovencitas que para ellas es una aventura. Dos amigas de cierta edad que lo realizan por moda. Ese matrimonio de recién casados que todavía desprende amor. Unos cuantos extranjeros influenciados por algún blog de senderistas. Un hombre casi anciano de rasgos duros que no eres capaz de adentrarte en su motivación. Este despertó mi interés.

Sentado en una esquina de la barra daba cuenta de un bocadillo y un botellín. La cara y manos quemadas por el sol, una barba de un par de días, su mirada profundan perdida en la lejanía y sus ropas gastadas. Todo ello le confería un cierto aire enigmático.

Me senté en un taburete en la esquina pegada a él, pedí un café con leche y un picho de tortilla. Tenía que ser  habilidoso y cauto para intentar entablar conversación, a alguien así hay que saber cómo se le aborda. Clavo su mirada profunda en mí:

-Me permite. Me dijo mientras señalaba la prensa que tenía a mi lado.

Se la entregue con una media sonrisa, aquello era la mecha para iniciar la conversación:

-Uno debe estar informado, aunque este en el camino.

Esto nos llevó a una charla que empezó algo fría y poco a poco se fue volviendo más amena. Según me comento, después de hablar de banalidades, empezó su camino en Madrid  llevaba 35 días de viaje. Él no tenía prisa por llegar, hacia las jornadas como le apetecía y no como marcan las rutas y si algún día no le apetecía andar se quedaba tranquilamente visitando los pueblos. Me miro de arriba abajo y me dijo que yo no era peregrino y tampoco de la zona, así que le explique que estaba de retiro en el Monasterio. Esto le debió de gustar y se relajó todavía más.

Nos sentamos en una mesa de la calle viendo llegar y marchar a la gente. Se apreciaba por sus formas que era una persona cultivada, pudiendo tratar con el cualquier tema. Sus pensamientos eran profundos, llegando alguna vez a descolocarme. Me confeso que  él también estaba intentando encontrarse a sí mismo, su mujer había muerto hacia 2 años y no era capaz de superarlo. Sus ojos se humedecieron al hacer esa confidencia.

Sabiendo que lo más seguro no nos volveríamos a ver en la vida nos confesamos el uno con el otro. No sabíamos lo que nos unía, pero dejamos salir nuestros sentimientos. Hay a veces que es más fácil contarle estas cosas a un extraño.

Se había hecho tarde, como no saliera ya la noche se me echaría encima. Con pocas palabras nos despedimos y en vez de estrecharnos la mano nos dimos un profundo abrazo.  Dándome ya la vuelta para irme le dije:

-Buen camino. Contestándome.

-Buena vida.


Aquello me sorprendió dejándome parado, me volví y solo pude ver su espalda. ©Fer

martes, 15 de marzo de 2016

Estaba delante de la puerta de la celda, respire profundamente y llame con los nudillo.

-Adelante. Se escuchó desde dentro.

Su celda era igual que la mía, solamente tenía una silla más, un ordenador y algunos libros encima de la mesa.  Me saludo con una media sonrisa y me invito a sentarme frente a él. Mirándome fijamente a los ojos me dijo:

-Seguimos por donde nos quedamos la otra noche o quieres hablar de otra cosa.

Comencé a contarle como había trascurrido mi vida, lentamente y sin escamotear detalle, desde mi niñez hasta prácticamente el día que llegue a al Monasterio. Su cara era un poema cuando me refería a mi vida lujuriosa, no podía dar crédito a tales cosas y eso que fui de lo más discreto. Aquel hombre tenía algo que me confería confianza, no me daba ningún tipo de reparo en narrarle mis mayores secretos. Me dejo hablar sin interrumpirme, solo salieron de su boca algunas exclamaciones de sorpresa y algún carraspeo.

Empezó hablar de manera pausada, dejo de lado todos mis actos pecaminosos y se centró en mis sentimientos, en como aquellas cosas vividas eran capaces de desgarrarme las entrañas. Daba la sensación de ponerse en mi lugar y ser capaz de dar una explicación coherente sin esfuerzo. Y como ya me demostró en su anterior charla no se basaba en aspectos divinos, los razonaba como seglar, esta cualidad le hacía más cercano, si no fuera así creo que no estaría allí. Yo adopte su misma postura de no interrumpirle.

Cuando termino empezamos una charla amena entre los dos. Al comienzo fue por mis problemas pero acabamos hablando de lo humano y  lo divino.  Aunque ciertas de mis ideas sean un poco contradictorias entre sí, aquel hombre era capaz de entenderlas aunque no estuviera de acuerdo con ellas. En un acto reflejo mire el reloj, eras las 4 de la madrugada llevamos hablando 5 horas.

No sé si se aclararon las ideas o seguía igual de confundido, lo que si tenía es más tranquilidad. Después de una ducha caliente y de fumarme un par de cigarros en la venta me acosté cuando apuntaba el día.


Desperté sobresaltado, aquel maldito sueño del ave de alas doradas. ©Fer

lunes, 14 de marzo de 2016

Cuando las canas van tiñendo las sienes de blanco, a la vez que te dan más seguridad de ti mismo, también te crean muchas dudas. Ves imagines de tu vida, como si fueran una película vieja que va a saltos, de esos momentos que se te han quedado impresos en el subconsciente, imágenes  qué muchas veces no sabes por qué las tienes en el recuerdo.

Analizas esos flashes, unos son meros recuerdos de infancia, que no tienen ninguna trascendencia, otros momentos bonitos que has tenido y algunos momentos duros, que esos si te han marcado.
Te planteas si alguna de tus decisiones han sido las correctas, imaginas lo que habría pasado de haber elegido el otro camino, porque dijiste blanco cuando querías decir negro, porque compraste en vez de vender, porque hablaste y no callaste.

Con algún  triunfo y plagado de fracasos has ido capeando el temporal siempre con la vista puesta en el  futuro plagado de expectativas, con planes y ambiciones por cumplir que en su mayoría has ido aparcando por el camino.  Has sabido amoldarte a las circunstancias y priorizar.

Ahora la diferencia a cuando eras joven son las ganas de luchar, antes las tenías intactas y ahora están casi a la reserva.  Las fuerzas te van faltando y las que te quedan sabes que te harán falta por los momentos duros que te llegaran.

Hay un dicho de golf que podemos aplicar a la vida:

“Los golpes malos vienen en serie de tres, si hay un cuarto es el comienzo de una nueva serie”


Canas benditas, canas malditas.  ©Fer
Entre a la Iglesia, solamente se oía el pequeño zumbido de algún aparato eléctrico, la recorrí lentamente observando cada imagen, cuadro, capilla… Me senté en el primer banco contemplando la sobriedad de su retablo. Mi mente empezó a caminar.

Dos mujeres a parte de las de mi familia me han marcado de sobre manera.  Aunque muy distintas en sus caracteres supieron sacar lo mejor de mí. Como suele pasar estas cosas el principio no te das ni cuenta, pero poco a poco van calando  muy dentro.

Sol coincidimos años atrás, aunque no nos conocíamos en persona, nuestra amistad llego a unos extremos increíbles. Fueron pasando los meses y cada vez nos encontrábamos más unidos. Nuestra pasión por la lectura y escritura nos llevó a compartir muchas cosas, pero sin connotaciones sexuales.

Al final nos íbamos a conocer, era primero  de Agosto y ella venía a pasar un fin de semana con una amiga.  Fui a recogerla a su hotel y algo paso cuando se abrió aquella puerta, la complicidad entre ambos fue total.  La noche era magnifica, cenamos  tranquilamente en una terraza, paseamos  por el Parque del Oeste y charlamos animosamente hasta bien tarde. Lo malo fue tenernos que despedir la mañana siguiente ya que ella regresaba a su tierra.

Paso otro año hasta volvernos a ver y las cosas no habían cambiado, pero fue en aquella segunda vez que nos vimos cuando tome una decisión irrevocable, no podía seguir hipotecando sus sentimientos. Ella era una mujer libre que no tenía que rendir cuentas a nadie pero yo no la podía ofrecer nada.

Aquello me tiene marcado, no por el hecho, sino por las formas que utilice para ello. Con el paso de los años fui capaz de hablar con ella y pedirle perdón.

Luna es un caso parecido pero con distintos componentes. Fue  de llegarme tan adentro en tan poco tiempo. Saco de mi cosas que tenía olvidadas, sentimientos abandonados y pasiones desenfrenadas. Sensible y tierna  se protegía con una coraza su corazón. Todo esto me lo dio sin conocernos en persona.

Sus palabras no cesaban de repetirse “Hemos llegado demasiado lejos” Pues sí, llegamos   demasiado lejos, pero creo que no fue por culpa de nadie, no lo habíamos planeado así, pero los sentimientos nacen y no se los puede parar. Si no fuera por nuestras situaciones, es una mujer para compartir la vida.

Cuando lo sentimientos son tan profundos y verdaderos por mucho que pase el tiempo no cambian, solo los  dejas apartados en un lado  para no sufrir, intentas que el polvo los cubra bajo una espesa capa  para que se camuflen.

En estas andaba cuando en un momento de lucidez mire el reloj y vi que era la hora de cenar. Salí despacio de la Iglesia encaminando mis pasos hacía el refectorio. Coincidí en la puerta con Fray Anselmo y sin saber muy bien porque le dije:

-Padre tengo que hablar con usted.


-Pásate después de la Recreación por mi celda. ©Fer

viernes, 11 de marzo de 2016

 Mientras me duchaba no deje de darle vueltas a la larga conversación mantenida con el Abad. Sus palabras me dieron algo de paz y me ayudaron a tranquilizar mis ánimos. No me lleve  ningún aparato electrónico que pudiera comunicarme con el exterior, necesitaba  estar desconectado por completo aunque tuviera la tentación. Me estaba gustando esta vida de cenobita.

Sentado delante de la mesa con el cuaderno y el bolígrafo, pase toda la mañana escribiendo un nuevo relato. No sé si sería lo más correcto dar rienda suelta a mi imaginación calenturienta en aquel ambiente religioso, pero las palabras fueron fluyendo de forma continua llenado algunas páginas.

El silencio en el refectorio se rompía solamente por el ruido de los platos y cubiertos,  es uno de los principios de la vida monacal. Mire uno a uno la cara de los hermanos, intentaba conocerles por sus rasgos, imaginar sus vidas y personalidades, adivinar el que les había hecho dedicar su vida a Dios.

Dando un paseo, para bajar la comida, por el sendero que hay  en la otra orilla del río empecé a pensar en mi familia.  Para mí la familia es  muy corta, padres, mujer, hermanos, suegros y nada más, el resto son familiares con los cuales unas veces tienes más o menos trato. Aunque un árbol este compuesto por multitud de ramitas y hojas siendo necesarias para que exista, lo que le da solidez y fortaleza es el tronco y  las ramas principales.

No llegaba al año que había fallecido mi padre, un cáncer que le tenía invadido se le llevo en 3 meses. Es duro el que se vaya un padre pero es ley de vida, pero para mí lo más duro son todas las cosas que se nos quedan en el tintero sin decir, tener la certeza de que no lo podrás hacer. Como la mayoría, que vas a decir de un padre, solo pueden salir cosas maravillosas de tu boca.

Mi madre, mujer fuerte y siempre decidida, no logra levantar cabeza desde hace años. Tras la muerte de mi abuela, su madre, cayó en una profunda depresión. Cuando estaba saliendo del bajón, unos problemas financieros acarreados por un aval  la volvieron a sumergir en las profundidades. Y ahora mi padre, 60 años viviendo el uno para el otro, con eso está todo dicho.

La situación en casa era complicada. Mis suegros llevan 3 años viviendo con nosotros, mi suegra con Alzheimer necesita de una atención permanente de todos. Mi suegro, aunque de salud está perfectamente, debido a su carácter es el que más problemas nos acarrea. Una perra, un loro y 3 pájaros completan la familia.
   
Esto y alguna cosa más que callare, por discreción y respeto a otras personas, son las responsables de mi estado. Pena, dolor, tristeza, amargura… es lo único que corre por mí, estoy a punto de llorar casi de forma permanente, sin ganas de nada.

La única suerte es tener la mujer que tengo. Amiga, amante, compañera y mujer, se entrega a todo el mundo sin esperar nada a cambio, lleva 22 años demostrándome la calidad de persona que es. No sé si Dios me la mando a mi como un milagro o  si me mando a mi como penitencia.

Sin darme cuenta había llegado hasta el puente del río y apoyado en la barandilla contemplaba dos grandes truchas que estaban apostadas contra corriente esperando la llegada de algo sabroso para comer.  

Despacio dirigí mis pasos hacia el monasterio. ©Fer

jueves, 10 de marzo de 2016

Me desperté sobresaltado, no sabía la hora que era, había tenido el sueño del ave con las alas doradas. Encendí un cigarro y abrí la ventana, necesitaba el aire fresco de la noche y la humedad del río. Que obsesión me había provocado la lectura de aquel libro, siendo solo una historia de tantas que había leído, me llevo a tener pesadillas.

No sé cómo de repente me dio la idea de dar un paseo por el monasterio, mire la hora eran las 3 de la madrugada. Abriendo la puerta con cuidado para no hacer ruido salí al corredor, la suave luz de la luna se colaba  por las ventanas sirviéndome de linterna.

Baje lentamente hasta el piso de abajo, mi vista se había acostumbrado a la penumbra, dirigiéndome al claustro grande.  El baile de las sombras me llenaba de congoja, el silencio me abrazaba por todos los lados y mi mente como molino con grano comenzó a dar vueltas a mis pensamientos.

Nubarrones negros se ciernen sobre mí, no logro ver un rayo de sol, todos mis pensamientos son negativos, he entrado en un estado donde no se ve salida. No tienes gana de nada, lo único que te apetece es echarte a llorar.  Todo lo que te va  sucediendo son cosas negativas. No había comprendido nunca como se podía llegar a ese estado, ahora tampoco lo comprendo, pero estoy en él.

Sentado a los pies del Padre Feijoo la luna golpeaba mi espalda proyectando la sombra a mis pies. Así veía mi interior, oscuro, hondo sin saber hasta dónde llega la profundidad del abismo. Pensamientos siniestros que jamás imaginabas te inundan, aquello sería lo fácil no enfrentándote a tus maléficos instintos.

En estas estaba con la  mirada perdida en mi sombra y los sentidos cerrados al mundo cuando casi me da un patatús al escuchar una voz a mi lado:

-¿Qué te aflige hijo?
   
Di un respingo y alejándome de la voz me volví rápidamente.

-¡Fray Anselmo! Exclame con la voz entrecortada.

-¿Quién esperabas que fuera? ¿Tal vez tus demonios?

Ya más tranquilo y mirándonos cara a cara le comencé a explicar mis  males. Escuchaba atentamente todo lo que le fui explicando sin decir palabra, mirándome fijamente intentaba analizarme y conocer el grado de mis dudas. Cuando mis explicaciones y palabras se agotaron y después de un breve silencio comenzó hablar él.

No era un religioso al uso, no baso toda su charla en un aspecto divino, más bien todo lo contrario,  casi todas sus reflexiones fueron de lo más mundanas estando muy al cabo del mundo actual, cosa que no esperaba de una persona entregada al rezo y recluida en un monasterio. Cada vez me encontraba más cómodo en la charla llegando a tener cierto grado de complicidad.


Miramos el reloj a la vez al escuchar la llamada de Maitines, había amanecido y no nos habíamos dado cuenta. Sin despedirnos nos separamos en direcciones distintas.  ©Fer
No hay nada más seguro que el paso del tiempo, lentamente trascurre señalando cada momento de nuestra vida. Las manillas son las plumas que escriben nuestra historia. ©Fer

miércoles, 9 de marzo de 2016

Se presentó cordialmente y después de las banalidades típicas de rigor tenía la impresión de que conocía de mí más cosas de lo que yo creía.  Su voz profunda y aquella mirada penetrante te hacían tener una doble sensación de tranquilidad y alerta.  Salí desconcertado, no tenía claro por qué me había llamado y que es lo que quería. Me acerque a la biblioteca  a ver si cotilleaba alguno de los libros.

Me fije en uno que  no ponía nada en el lomo. Su encuadernación de piel ajada por el paso del tiempo y el roce de las manos delataban su antigüedad. Abrí por una página al azar, de caligrafía legible y sin ningún tipo de floritura que lo adornada, comencé a leer:

“Junto al risco se encontraba la procesión de mojes capitaneados por el Abad, su caras de perplejidad no daban fe de lo que estaban contemplando, una gruta aparecía detrás de las piedras que acababan de retirar”

Aquello me intrigo, intente buscar alguna referencia del autor o de algún dato que me diera alguna pista pero no había nada, cerré el libro  y abriendo la tapa comencé a leer desde la primera hoja.
Absorto en la lectura no me percate de la hora, solo fui consciente de ello por la falta de luz. Metí una moneda como señal y coloque de nuevo el libro en su sitio, mejor dejar las cosas siempre donde las encuentras. Fui a cenar tranquilamente y después me retire a mi celda cayendo pronto en los brazos de Morfeo.

Nada más acabar de desayunar encamine mis pasos hacia la biblioteca, aquel libro y su historia me había cautivado y lo tenía que terminar cuanto antes. Como poseso fui devorando las páginas y  al no ser muy extenso lo acabe esa mañana.

Contaba la historia o leyenda de un moje del monasterio,  Fray Anselmo, el cual había caído en un sueño repetitivo que le atormentaba todas las noches; el monje veía como  un ave con las alas doradas se le aproximaba e incitándole a seguir le conducía hasta unas rocas de una ladera donde los monjes solían ir a meditar.  Si que apenas sus garras tocaran  las piedras están se abrían  permitiendo su paso y perdiéndose de vista.

Mucho tiempo pasó hasta que el fraile angustiado ya por el sueño de cada noche se decidió a contárselo al Abad. Este, no se sabe si por curiosidad o para calmar al monje, convoco a los monjes y recorrieron en procesión el camino hasta el macizo rocoso.  Una vez llegaron ordeno a los hermanos que retiraran la piedras según las indicaciones de Fray Anselmo. Perplejos se quedaron al descubrir un pasadizo que se adentraba en la roca, el rictus de sus caras cambio por completo, con cierto resquemor se adentraron  hasta el final del túnel donde en una recamara encontraron el cuerpo incorrupto de un eremita rodeado de un fabuloso tesoro.


Sin ninguna explicación de quien era aquel pobre hombre ni de que hicieron con el tesoro acaba el libro. No sé si el suceso es una leyenda o solo la imaginación de un escriba. ©Fer

martes, 8 de marzo de 2016

Llevaba levantado mucho tiempo cuando llamaron a Maitines, había estado sentado al lado de la ventana contemplando el reflejo de la luna en el río y como poco a poco la claridad de la mañana iba haciendo las cosas visibles. Tanto el alba como el ocaso son horas mágicas donde las sombras bailan una danza casi fúnebre.

Aunque creyente, siempre he pensado, que no hacía falta estar en misa a todas horas ni darse golpes de pecho para estar en paz con Dios. Uno le encuentra y le rinde su tributo en cualquier lugar y hora, cuantas veces no hemos hablado con Él en los sitios más inverosímiles.

El claustro grande, uno de los mayores de España, está ambientado con amplio jardín  presidido en el centro por una estatua del Padre Feijoo “Maestro General de la Orden”  que consagro su vida al estudio, teniendo unas ideas ilustradas que le llevaban a proclamarse “Ciudadano libre de la República de las letras”

El claustro pequeño, mucho más modesto, se le llama de las Nereidas por la fuente que posee en su centro. Esta fuente tiene una curiosa leyenda la cual dice que presidia el claustro grande y  el Padre Provincial de la Orden mando retirar por considerar que las imágenes de estas Ninfas de pechos generosos no eran edificantes para los monjes.

Después de desayunar baje hasta la huerta, allí estaban afanosamente trabajando varios de los monjes más jóvenes, acercándome al primero que encontré le pregunte:

-¿Qué puedo hacer?

Necesitaba ejercitar mis músculos y cansar mi cuerpo, en el día que llevaba allí había tenido demasiado descanso.

-Coja esa azadilla pequeña y vaya quitando la mala hierba.

Sin mediar más palabra pase la mañana arrancando toda brizna de hierba dañina para el cultivo, maíz. Me dolían los riñones y me acordaba de la  canción “Las Espigadoras” de la Rosa del azafrán, “Que trabajo nos manda el Señor, levantarse y volverse agachar”  me sobraba hasta la camisa y caigan gotas de sudor de mi frente, pero aquello me estaba haciendo sentir bien. Se me había pasado la mañana volando y ya era hora de comer.

Repose la comida contemplando la fuente de las Nereidas, aquellas figuras mitad mujer y mitad monstruos me llevaron a un estado de seminconsciencia donde no era lucido de lo que sucedía a mi alrededor. Estaba centrado en mis pensamientos y en todo aquello que me estaba turbando, llevaba unos años que los acontecimientos me desbordaban llevándome a un estado de depresión. Repasaba una y otra vez los hechos intentando analizarlos escrupulosamente llegando a recordar hasta el más mínimo detalle.

Di un respingo al sentir una mano posarse  en mi hombro y la voz profunda que me reclamaba:

-Don Fernando sígame por favor, el Abad quiere hablar con usted.

Mientras caminaba detrás del moje hacia elucubraciones de que podía querer de mí, todavía no había liado ninguna de las mías.  Sentado detrás de una amplia mesa de madera  y con aspecto sibilino se encontraba el Hermano Ildefonso.

-D. Fernando un placer, siéntese por favor. ©Fer



lunes, 7 de marzo de 2016

Me encontraba frente a la fachada  barroca del Monasterio de Samos, había decidido pasar allí unos días de retiro, necesitaba encerrarme en mí y replantear muchas facetas de la vida.

Conocí este maravilloso lugar haciendo el Camino de Santiago y desde el primer momento sentí una atracción interna que me llenaba de paz, así que este fue el lugar elegido para intentar encontrarme.
Asentado junto al río Sarria data del siglo VI su primer asentamiento, pasando a la Orden Benedictina en el siglo XI.  El conjunto de  edificios de mampostería de pizarra le confieren un aire rustico y sólido, todo lo contrario que su interior que llama la atención por su elegancia.

Una vez hechos los trámites de rigor con el hermano portero de la hospedería recorrí detrás  el amplio corredor en el que se albergaban las celdas. Los  grandes ventanales  por los cuales entraba un magnifico sol dejaban ver uno de los dos magistrales claustros.

Una cama, una mesa, una silla, una mesilla y un pequeño armario  empotrado era lo único que albergaba aquella amplia celda, una  ventana  con poyo tras la cual se veía una ladera y justo debajo el rio. Era la estancia ideal para mi propósito. Coloque la poca ropa que me lleve y me quede un rato mirando  la lentitud del agua en aquella tabla del río.

Aquella visión me llevo a recordar los tiempos de pescador a mosca, los días de frío y agua que habíamos pasado detrás de las esquivas truchas. Esa paz que te rodeaba al amanecer o atardecer solo roto por una voraz picada. La suavidad de la cola de rata al ser movida para poner la mosca donde querías, ese baile dulce que marcaban los bucles con un movimiento acompasado y la posada sutil de la mosca en el agua.
El toque de Sexta, me hizo volver del pasado, era ya casi la hora de la comida. Salí al corredor asomándome a una de las ventanas que dan al claustro contemplando la maravillosa estética de su jardín.  Sin prisas llegue hasta las escaleras para bajar y dirigirme hasta el refectorio. Recorrer sus pasillos vacíos te impregnaba de un magnetismo especial. A cada paso ibas descubriendo auténticas maravillas que no podías imaginar,  esos frescos pintados en las cuales vemos varios pasajes de la Orden, varios cuadros de significativo valor o el órgano de viento que da vida a la Iglesia, esta aunque sobria destaca por su gran cúpula y la luminosidad que ofrecen su ventanas.
Después de comer  me fui a la celda a echarme un rato, aunque no tenía sueño me apetecía estar tumbado. El silencio lo inundaba todo, era como si estuvieras en un mundo diferente al que conoces, llegando a pensar alguna vez que si estarías vivo.
Fueron las campanas las que me hicieron abrir el ojo, tanta paz me había llevado a quedarme dormido, debía ser la hora del rezo de Nona. Me lave la cara y coloque con el peine los pelos en su lugar, había dos sitios que quería visitar, la Biblioteca y la Farmacia.
La Farmacia se había convertido en una sala de museo, unas grandes alacenas guardaban los antiguos frascos de porcelana decorada y con los nombres en latín. Una silla y una mesa con  libros apilados y dibujos le daban ese aire de estudio, donde fantaseabas ver al viejo alquimista consultar sus papeles para alguna pócima.
Me detuve como a 5 metros de la entrada de la Biblioteca. Una puerta de labrada madera impedía el paso y en el arco sobre ella una inscripción en latín “Claustrum sine librario sieut castrum sine armamentario”  que como luego me dijo una de los monjes, ya que mi latín es muy limitado, significaba “Un monasterio sin libros es como un castillo sin defensas” y nunca mejor dicho ninguno tendría sentido sin libros y sin defensas.
Empuje la puerta y un olor a papel y pergamino inundo mis sentidos. Aunque había perdido parte de su belleza visual al tener unas estanterías  modulares de chapa, ya que hubo un incendio el siglo pasado en el que se perdieron numerosos libros, quedaba el encanto de los lomos de sus libros.  Cuenta con varios Incunables (Impreso antes de 1500)  varios manuscritos de gran valor y algunas grandes colecciones.

Pase la tarde ojeando alguno de los tomos, dando un paseo por los claustros y la amplia huerta que hay al lado del río. Aquella paz se había apoderado de mis sentidos y   había tomado la decisión de seguir el principio fundamental marcado por San Benedicto “Ora et labora” ©Fer

viernes, 4 de marzo de 2016

Era la típica tarde de domingo en la cual ni te apetece ni quieres hacer nada. Sentado en el sofá y con aquel libro que cayó en mis manos  de casualidad y me estaba haciendo pasar tan buenos momentos, me llevo a dejar volar mis pensamientos.

Hice un barrido rápido sobre mi vida y los acontecimientos que me han forjado, esos momentos maravillosos y aquellos funestos que tan mal recuerdo traen, tuve sensación de paz. Creo que la sentí por tener la conciencia tranquila de haber hecho en cada momento lo que debía y quería en esas circunstancias y que nunca me he dejado influenciar por causas externas.

Nunca he sobresalido en nada, he sido una persona corriente que ha intentado vivir. Con una infancia y adolescencia de lo más corriente para la época no tuve muchos sobresaltos. La juventud se empezó a complicar con los primeros decepciones de amor y por los problemas financieros a los que nos llevó mi hermano. Dando traspiés he ido saliendo de todos los líos hasta llegar a una tranquilidad.

5 mujeres han pasado por mi vida que me han marcado:

1ª Mi abuela. Una mujer  con un corazón enorme y siempre entregada a la familia. Era mí mayor apoyo y confesora, todos mis problemas y sentimientos se lo contaba.

2ª Mi madre.  Que se puede decir de una madre, todos estamos unidas a ellas por un vínculo ten especial que es imposible de romper. Yo diría que es ese cordón umbilical que nunca se ha cortado.

3ª Mi mujer. Amiga, compañera, amante. Me ha dado siempre su amor incondicional. Estar enamorado es poco, la debo mucho.

No quiero utilizar nombres en las dos siguiente, solo las llamaremos Sirena y Ninfa.

4ª Sirena. Una maravilla de  mujer que entro en mi vida suavemente. Una amistad que se mantiene a pesar de los contratiempos y a la cual solo la puedo dar las gracias y pedir perdón por algo que hice por su bien.

5ª Ninfa. Mezcla de sentimientos y pasiones que te llevan a una montaña rusa de la cual no quieres bajar. Sin conocernos en persona nos hemos dado todo si pedir nada a cambio. Siempre tendrá un trozo de mi corazón.

He sentido, querido y amado en esta vida como cualquiera, tal vez solamente me puedo recriminar el ser yo mismo y  dejar salir de mis adentros las emociones.


Esto es media vida, veremos que sucede con la otra medía.  ©Fer

jueves, 3 de marzo de 2016

Pase la noche caminando entre las sombras.
Mis pasos me llevaban sin rumbo fijo.
El silencio retumbaba por las esquinas.
Solo perturbado por el paso de algún coche o las palabras de un borracho.
Sin saber cómo acabe en la puerta del cementerio.
Logre entrar por una zona de la tapia que estaban arreglando.
Los contornos de las cruces y ángeles contra la claridad de las luces.
Daban un aire tétrico y a la vez de paz.
Recorrí sus calles y caminos entre las sombras de los cipreses.
Me senté en un banco frente de una tumba ostentosa.
Un ángel arrodillado y con la cabeza entre sus brazos se apoyaba en la sepultura.
Mirándole fijamente  intentado descubrir los más pequeños detalles.
Mi mente voló libremente en pensamientos dispares.
Necesitaba poner en orden mis  sentimientos.
Todo lo que llevaba vivido los tres últimos años me estaba superando.
Tenía que ser capaz de dar un sentido a mi vida y asimilar los hechos.
Salir de la burbuja creada para protegerme y volver a ser yo.
Clareaba el alba cuando llegaba a casa.
Necesitaba una ducha caliente para quitarme aquel fresco de mi cuerpo.
Aseado y listo para otro día de trabajo baje a la perra a la calle.
En el coche hacía la oficina seguí encerrado en mí.
Cambie mi rictus por una sonrisa al entrar en el despacho: “Buenos días queridos”
Como dirían en mi pueblo: “La procesión va por dentro” ©Fer

miércoles, 2 de marzo de 2016

Te echo de menos a Estrella, mi perra.
Gran compañera y consejera.
La que me acompañaba en mis paseos.
Solos los dos y la paz del campo.
Escuchando  mis reflexiones.
Contándole mis problemas.
Cuantas veces sentado encerrado en mis pensamientos.
Se acercaba para que tuviera a quien abrazarme.
Cuanto morrazos y ladridos para sacarme de mi estado.
Con su mirada de miel me daba su entender.
Gracias amiga, lo que te echo de menos.

Como te echo de menos en estos momentos. ©Fer
Te conocí.
Me enamore.
Yo no te elegí.
Lo hizo mi corazón.
Te alejas.
Yo no lo pedí.

Seguirás en mi corazón.©Fer

martes, 1 de marzo de 2016

Es hora de partir,  coger mis cosas y marchar cantando bajito. Mis pies levitan sobre el suelo para  irme como llegue sin hacer ruido y sin molestar a nadie.
Poco tengo y de insignificante valor, solo meto en las alforjas mis pensamientos, mis sentimientos, una ilusión y esos momentos vividos.
Subo la calle cabizbajo, parece como si la hubieran empinado más, mirando al suelo  abstraído en mis recuerdos.  Como anima mi figura se va confundiendo con las sombras de la noche.

Al final no se sabrá si estuve aquí o solo fue en mal sueño.  ©Fer
Los misterios de la noche te rodean.
Sentado en el escritorio la hora bruja te envuelve.
Son esos momentos en que tus sentidos se agudizan y tus sentimientos afloran.
Cargas lentamente la pluma en el tintero, limpias cuidadosamente el plumín.
El parpadeo de la llama hace temblar la sombra de la mano en la hoja.
Tu vista se pierde en la lejanía de la oscuridad buscando tu musa.
Los dedos toman vida propia y comienza a enlazar letras.
Las palabras brotan como el agua de un somero manantial.
Los sentimientos van quedando impresos lentamente.
Corriges y tachas aquellas palabras equívocas, sabes perfectamente lo que quieres expresar.
Todo eso que llevas dentro y que no puedes decir.
Amor, melancolía, alegría, pena, satisfacción, tristeza, lujuria, virtud…
Las hojas se van amontonando marcadas con tus pensamientos.
Solo te detienes anhelando tiempos vividos, deseos truncados.
Sabes el destino no es una casualidad si no una elección y que debes elegir y no esperar.

Pones el capuchón a la pluma, ordenas los papeles, soplas la vela.  ©Fer