Me encontraba
desnudo y empapado en sudor entre aquellas dos mujeres. No sé muy bien como
había comenzado todo, pero si como termino.
Era el puente de
San Isidro y nos habíamos ido a Granada a pasar esos días en casa de unos
amigos. El viaje hasta llegar fue de lo más ameno, pues nos acompañaba otra
pareja de amigos, lleno de chistes y bromas. Después de la alegría y los
saludos oportunos por el reencuentro nos acomodamos cada pareja en su habitación
designada. Cenamos poniéndonos al día y nos fuimos rápido a la cama ya que era
tarde y para el día siguiente teníamos muchas cosas programadas.
Habían pasado los 3
primero días entre excursiones, comidas y copichuelas, era un no parar. Es
habitual que en estas estancias de pocos días y en buena compañía la agenda está
repleta. Después de comer decidimos ir a casa a descansar un rato, esa noche
teníamos cena en uno de los carmenes del Albaicín y al día siguiente después de
comer nos volveríamos hacia Madrid.
Era un chalet
adosado de 3 plantas. En la planta baja estaba el garaje y un salón bodega
donde se hacía la mayor parte de la vida. En la baja el salón, el comedor, la
cocina y un patio. Y en la superior los dormitorios. Yo me subí directo a mi
habitación mientras los demás se quedaron en la bodega, según llegue me tire
encima de la cama y caí en brazos de Morfeo.
Entre sueños sentí
que un cuerpo se acostaba a mi lado, eche el brazo para abrazarle creyendo que
era mi mujer y acto seguido note la misma sensación por el otro lado del
cuerpo, me espabile un poco más pues creía que eran mis amigos para gastarme
alguna broma y en esto recibí en beso en cada mejilla y un leve susurro que
decía: “venimos a darte un poco de guerra” Sus perfumes y sus leves risas me
hicieron reconocerlas de inmediato.
Las abrace a las
dos en signo de amistad y pregunte donde estaban los demás, me contestaron que
abajo y que nos les apetecía echarse. Cerré los ojos imaginando que nos
quedaríamos dormidos, pero no fue así, empezaron hablar de lo bien que lo
estábamos pasando y de la pena por nuestra marcha del día siguiente, de que
teníamos que hacerlo más veces tanto allí como en Madrid. Ya se me había pasado
el sueño.
Acurrucadas junto a
mi sentía el calor de sus cuerpos a través de la ropa, sus cabezas apoyadas en
mi pecho y sus brazos rodeando mi cuerpo, era una imagen de lo más inocente.
Pero eso cambio de repente, ambas al unísono removieron sus cuerpos y
comenzaron a darme suaves besos en las mejillas, el silencio solo era roto por
algún suspiro que salía de mi boca. Como si fueran una solo empezaron hacer lo
mismo, besaron mis orejas, mi cuello y sus manos fueron desabrochando de forma
alterna los botones de mi camisa. Cuando ya tenían abierto el suficiente camino
sus bocas descendieron a besar mi pecho hasta llegar y refugiar sus lenguas en
mis pezones.
Aturdido, desorientado
y confuso no sabía qué hacer, si levantarme y cortar aquello de inmediato o
dejarme llevar por los más bajos instintos. La decisión se produjo de
inmediato, las dos comenzaron a besarse apasionadamente delante mío mientras
sus hábiles dedos desabrochaban el cinturón y los pantalones, aquello me llevo
a un estado casi cataléptico. Sus manos ávidas de deseo, como jauría detrás de
su presa, irrumpieron con decisión buscando su recompensa.
En aquellos primeros
momentos no puede por más que quedar pasivo y contemplar la delicadeza, ternura
y pasión que ponían ambas en besarse y acariciarse. Eran como dos mariposas
batiendo sus alas, sabiendo que si dan una aletada más fuerte se rompería la
magia. Nos fuimos desnudando lentamente los unos a los otros, entrelazamos
nuestras bocas y cuerpos hasta no saber cuántas personas éramos. Yo ya había
perdido toda la noción de la realidad, ya no me acordaba de que sus maridos y
mi mujer estaban abajo, estaba en esa condición casi animal donde lo único que
deseas es complacer sexualmente.
Acabamos desnudos,
abrazos y acariciando nuestros cuerpos, una vez recobrado el resuello y entre
muestras de cariño nos levantamos. Yo me quede duchándome en el baño de la
habitación mientras ellas fueron a la habitación principal. Bajamos los 3
juntos como si nada hubiera pasado, allí estaban tranquilamente los 3 viendo la
televisión y charlando, no se habían enterado de nada.
Salimos a cenar
como teníamos reservado, todo se desarrolló como antes de aquella tarde, la única
diferencia fue el cruce de alguna mirada entre los 3. Acabamos tomando una copa
en una terraza para despedirnos de tan magnifica ciudad. Nos recogimos a dormir
con esa tristeza que da el saber que al día siguiente partiríamos.
Al quedarnos solos
en la habitación mi mujer se abalanzó sobre mí, me desnudo con avidez haciéndome
el amor de forma enloquecida. Se abrazó con un abrazo profundo de esos que
quieren abrazar el alma y nos quedamos dormidos.
Cuando nos despedíamos
para la marcha, nuestra anfitriona al darme dos besos me susurro al oído:
-Lo que paso arriba, paso abajo. ©Fer

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