jueves, 10 de noviembre de 2016

   Me encontraba desnudo y empapado en sudor entre aquellas dos mujeres. No sé muy bien como había comenzado todo, pero si como termino.
   Era el puente de San Isidro y nos habíamos ido a Granada a pasar esos días en casa de unos amigos. El viaje hasta llegar fue de lo más ameno, pues nos acompañaba otra pareja de amigos, lleno de chistes y bromas. Después de la alegría y los saludos oportunos por el reencuentro nos acomodamos cada pareja en su habitación designada. Cenamos poniéndonos al día y nos fuimos rápido a la cama ya que era tarde y para el día siguiente teníamos muchas cosas programadas.
   Habían pasado los 3 primero días entre excursiones, comidas y copichuelas, era un no parar. Es habitual que en estas estancias de pocos días y en buena compañía la agenda está repleta. Después de comer decidimos ir a casa a descansar un rato, esa noche teníamos cena en uno de los carmenes del Albaicín y al día siguiente después de comer nos volveríamos hacia Madrid.
   Era un chalet adosado de 3 plantas. En la planta baja estaba el garaje y un salón bodega donde se hacía la mayor parte de la vida. En la baja el salón, el comedor, la cocina y un patio. Y en la superior los dormitorios. Yo me subí directo a mi habitación mientras los demás se quedaron en la bodega, según llegue me tire encima de la cama y caí en brazos de Morfeo.
   Entre sueños sentí que un cuerpo se acostaba a mi lado, eche el brazo para abrazarle creyendo que era mi mujer y acto seguido note la misma sensación por el otro lado del cuerpo, me espabile un poco más pues creía que eran mis amigos para gastarme alguna broma y en esto recibí en beso en cada mejilla y un leve susurro que decía: “venimos a darte un poco de guerra” Sus perfumes y sus leves risas me hicieron reconocerlas de inmediato.
   Las abrace a las dos en signo de amistad y pregunte donde estaban los demás, me contestaron que abajo y que nos les apetecía echarse. Cerré los ojos imaginando que nos quedaríamos dormidos, pero no fue así, empezaron hablar de lo bien que lo estábamos pasando y de la pena por nuestra marcha del día siguiente, de que teníamos que hacerlo más veces tanto allí como en Madrid. Ya se me había pasado el sueño.
   Acurrucadas junto a mi sentía el calor de sus cuerpos a través de la ropa, sus cabezas apoyadas en mi pecho y sus brazos rodeando mi cuerpo, era una imagen de lo más inocente. Pero eso cambio de repente, ambas al unísono removieron sus cuerpos y comenzaron a darme suaves besos en las mejillas, el silencio solo era roto por algún suspiro que salía de mi boca. Como si fueran una solo empezaron hacer lo mismo, besaron mis orejas, mi cuello y sus manos fueron desabrochando de forma alterna los botones de mi camisa. Cuando ya tenían abierto el suficiente camino sus bocas descendieron a besar mi pecho hasta llegar y refugiar sus lenguas en mis pezones.
   Aturdido, desorientado y confuso no sabía qué hacer, si levantarme y cortar aquello de inmediato o dejarme llevar por los más bajos instintos. La decisión se produjo de inmediato, las dos comenzaron a besarse apasionadamente delante mío mientras sus hábiles dedos desabrochaban el cinturón y los pantalones, aquello me llevo a un estado casi cataléptico. Sus manos ávidas de deseo, como jauría detrás de su presa, irrumpieron con decisión buscando su recompensa.
   En aquellos primeros momentos no puede por más que quedar pasivo y contemplar la delicadeza, ternura y pasión que ponían ambas en besarse y acariciarse. Eran como dos mariposas batiendo sus alas, sabiendo que si dan una aletada más fuerte se rompería la magia. Nos fuimos desnudando lentamente los unos a los otros, entrelazamos nuestras bocas y cuerpos hasta no saber cuántas personas éramos. Yo ya había perdido toda la noción de la realidad, ya no me acordaba de que sus maridos y mi mujer estaban abajo, estaba en esa condición casi animal donde lo único que deseas es complacer sexualmente.
   Acabamos desnudos, abrazos y acariciando nuestros cuerpos, una vez recobrado el resuello y entre muestras de cariño nos levantamos. Yo me quede duchándome en el baño de la habitación mientras ellas fueron a la habitación principal. Bajamos los 3 juntos como si nada hubiera pasado, allí estaban tranquilamente los 3 viendo la televisión y charlando, no se habían enterado de nada.
   Salimos a cenar como teníamos reservado, todo se desarrolló como antes de aquella tarde, la única diferencia fue el cruce de alguna mirada entre los 3. Acabamos tomando una copa en una terraza para despedirnos de tan magnifica ciudad. Nos recogimos a dormir con esa tristeza que da el saber que al día siguiente partiríamos.
   Al quedarnos solos en la habitación mi mujer se abalanzó sobre mí, me desnudo con avidez haciéndome el amor de forma enloquecida. Se abrazó con un abrazo profundo de esos que quieren abrazar el alma y nos quedamos dormidos.
    Cuando nos despedíamos para la marcha, nuestra anfitriona al darme dos besos me susurro al oído:

-Lo que paso arriba, paso abajo. ©Fer

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