Cuando eres adolescentes sueles tener un amor imposible, esa
mujer madura que te provoca incontrolados sueños eróticos y hasta las primeras poluciones.
Sueles ser una vecina, una amiga de tu madre, una maestra…Yo para no ser menos
tenia a dos.
La Señorita Puri,
una de mis profesoras de 1º de BUP. Alta, rubia, pecho proporcionado, con
piernas infinitas y caderas sugerentes, nos tenía a la mayoría de los alumnos
alborotados. Siendo su forma de vestir de lo más correcta, blusas, faldas por
las rodillas, solo con su presencia provocaba suspiros de mi pecho.
Alelado por su
magnetismo no era capaz de separar la mirada de ella, seguía todos sus movimientos
por la clase, mientras mis pensamientos vagaban por los caminos del deseo. La imaginaba mirándome, haciendo gestos
insinuantes, provocando con la mirada, desabrochando muy despacio un botón de
la blusa, era mi Diosa del placer. Cuantas miradas clavadas al sentarse en su
mesa esperado un cruce de piernas, no se veía nada más allá de lo normal, pero
la imaginación me llevaba más lejos.
La segunda era una
vecina del barrio, nunca pude adivinar su nombre. Era una mujer cerca de los
cincuenta, elegante, alta, morena, de curvas generosas y andar seductor. Solía
vestir trajes de chaqueta con faldas entalladas que marcaban sus generosas
caderas, que siendo generosas no eran exageradas, y unos buenos tacones que
estilizaban sus piernas.
Cuantas veces la seguí
a cierta distancia observando su contoneo, olisqueando el aire intentando
captar su perfume, embelesado por su cabello al viento, con el temor a que se
diera la vuelta y me interpelara por seguirla. Esa mezcla de pasión y miedo
hacia aquella persecución más excitante.
Que noches aquellas
que aparecía en mis sueños, me besaba con ardor, acariciaba mi cuerpo, se
desnudaba para mí, me enseñaba como hacer el amor a una mujer. Noches en las
que me despertaba sobresaltado empapado en sudor, con la respiración
entrecortada y con esa doble sensación de satisfacción y anhelo. ©Fer

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