martes, 8 de noviembre de 2016

Cuando eres adolescentes sueles tener un amor imposible, esa mujer madura que te provoca incontrolados sueños eróticos y hasta las primeras poluciones. Sueles ser una vecina, una amiga de tu madre, una maestra…Yo para no ser menos tenia a dos.
   La Señorita Puri, una de mis profesoras de 1º de BUP. Alta, rubia, pecho proporcionado, con piernas infinitas y caderas sugerentes, nos tenía a la mayoría de los alumnos alborotados. Siendo su forma de vestir de lo más correcta, blusas, faldas por las rodillas, solo con su presencia provocaba suspiros de mi pecho.
   Alelado por su magnetismo no era capaz de separar la mirada de ella, seguía todos sus movimientos por la clase, mientras mis pensamientos vagaban por los caminos del deseo.  La imaginaba mirándome, haciendo gestos insinuantes, provocando con la mirada, desabrochando muy despacio un botón de la blusa, era mi Diosa del placer. Cuantas miradas clavadas al sentarse en su mesa esperado un cruce de piernas, no se veía nada más allá de lo normal, pero la imaginación me llevaba más lejos.
   La segunda era una vecina del barrio, nunca pude adivinar su nombre. Era una mujer cerca de los cincuenta, elegante, alta, morena, de curvas generosas y andar seductor. Solía vestir trajes de chaqueta con faldas entalladas que marcaban sus generosas caderas, que siendo generosas no eran exageradas, y unos buenos tacones que estilizaban sus piernas.
   Cuantas veces la seguí a cierta distancia observando su contoneo, olisqueando el aire intentando captar su perfume, embelesado por su cabello al viento, con el temor a que se diera la vuelta y me interpelara por seguirla. Esa mezcla de pasión y miedo hacia aquella persecución más excitante.

   Que noches aquellas que aparecía en mis sueños, me besaba con ardor, acariciaba mi cuerpo, se desnudaba para mí, me enseñaba como hacer el amor a una mujer. Noches en las que me despertaba sobresaltado empapado en sudor, con la respiración entrecortada y con esa doble sensación de satisfacción y anhelo. ©Fer

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