Mientras me duchaba
no deje de darle vueltas a la larga conversación mantenida con el Abad. Sus
palabras me dieron algo de paz y me ayudaron a tranquilizar mis ánimos. No me
lleve ningún aparato electrónico que
pudiera comunicarme con el exterior, necesitaba
estar desconectado por completo aunque tuviera la tentación. Me estaba
gustando esta vida de cenobita.
Sentado delante de la mesa con el cuaderno y el bolígrafo,
pase toda la mañana escribiendo un nuevo relato. No sé si sería lo más correcto
dar rienda suelta a mi imaginación calenturienta en aquel ambiente religioso,
pero las palabras fueron fluyendo de forma continua llenado algunas páginas.
El silencio en el refectorio se rompía solamente por el ruido
de los platos y cubiertos, es uno de los
principios de la vida monacal. Mire uno a uno la cara de los hermanos, intentaba
conocerles por sus rasgos, imaginar sus vidas y personalidades, adivinar el que
les había hecho dedicar su vida a Dios.
Dando un paseo, para bajar la comida, por el sendero que
hay en la otra orilla del río empecé a
pensar en mi familia. Para mí la familia
es muy corta, padres, mujer, hermanos,
suegros y nada más, el resto son familiares con los cuales unas veces tienes
más o menos trato. Aunque un árbol este compuesto por multitud de ramitas y hojas
siendo necesarias para que exista, lo que le da solidez y fortaleza es el
tronco y las ramas principales.
No llegaba al año que había fallecido mi padre, un cáncer que
le tenía invadido se le llevo en 3 meses. Es duro el que se vaya un padre pero
es ley de vida, pero para mí lo más duro son todas las cosas que se nos quedan
en el tintero sin decir, tener la certeza de que no lo podrás hacer. Como la mayoría,
que vas a decir de un padre, solo pueden salir cosas maravillosas de tu boca.
Mi madre, mujer fuerte y siempre decidida, no logra levantar
cabeza desde hace años. Tras la muerte de mi abuela, su madre, cayó en una
profunda depresión. Cuando estaba saliendo del bajón, unos problemas
financieros acarreados por un aval la
volvieron a sumergir en las profundidades. Y ahora mi padre, 60 años viviendo
el uno para el otro, con eso está todo dicho.
La situación en casa era complicada. Mis suegros llevan 3
años viviendo con nosotros, mi suegra con Alzheimer necesita de una atención
permanente de todos. Mi suegro, aunque de salud está perfectamente, debido a su
carácter es el que más problemas nos acarrea. Una perra, un loro y 3 pájaros completan
la familia.
Esto y alguna cosa más que callare, por discreción y respeto
a otras personas, son las responsables de mi estado. Pena, dolor, tristeza,
amargura… es lo único que corre por mí, estoy a punto de llorar casi de forma
permanente, sin ganas de nada.
La única suerte es tener la mujer que tengo. Amiga, amante,
compañera y mujer, se entrega a todo el mundo sin esperar nada a cambio, lleva
22 años demostrándome la calidad de persona que es. No sé si Dios me la mando a
mi como un milagro o si me mando a mi
como penitencia.
Sin darme cuenta había llegado hasta el puente del río y
apoyado en la barandilla contemplaba dos grandes truchas que estaban apostadas
contra corriente esperando la llegada de algo sabroso para comer.
Despacio dirigí mis pasos hacia el monasterio. ©Fer

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