martes, 8 de marzo de 2016

Llevaba levantado mucho tiempo cuando llamaron a Maitines, había estado sentado al lado de la ventana contemplando el reflejo de la luna en el río y como poco a poco la claridad de la mañana iba haciendo las cosas visibles. Tanto el alba como el ocaso son horas mágicas donde las sombras bailan una danza casi fúnebre.

Aunque creyente, siempre he pensado, que no hacía falta estar en misa a todas horas ni darse golpes de pecho para estar en paz con Dios. Uno le encuentra y le rinde su tributo en cualquier lugar y hora, cuantas veces no hemos hablado con Él en los sitios más inverosímiles.

El claustro grande, uno de los mayores de España, está ambientado con amplio jardín  presidido en el centro por una estatua del Padre Feijoo “Maestro General de la Orden”  que consagro su vida al estudio, teniendo unas ideas ilustradas que le llevaban a proclamarse “Ciudadano libre de la República de las letras”

El claustro pequeño, mucho más modesto, se le llama de las Nereidas por la fuente que posee en su centro. Esta fuente tiene una curiosa leyenda la cual dice que presidia el claustro grande y  el Padre Provincial de la Orden mando retirar por considerar que las imágenes de estas Ninfas de pechos generosos no eran edificantes para los monjes.

Después de desayunar baje hasta la huerta, allí estaban afanosamente trabajando varios de los monjes más jóvenes, acercándome al primero que encontré le pregunte:

-¿Qué puedo hacer?

Necesitaba ejercitar mis músculos y cansar mi cuerpo, en el día que llevaba allí había tenido demasiado descanso.

-Coja esa azadilla pequeña y vaya quitando la mala hierba.

Sin mediar más palabra pase la mañana arrancando toda brizna de hierba dañina para el cultivo, maíz. Me dolían los riñones y me acordaba de la  canción “Las Espigadoras” de la Rosa del azafrán, “Que trabajo nos manda el Señor, levantarse y volverse agachar”  me sobraba hasta la camisa y caigan gotas de sudor de mi frente, pero aquello me estaba haciendo sentir bien. Se me había pasado la mañana volando y ya era hora de comer.

Repose la comida contemplando la fuente de las Nereidas, aquellas figuras mitad mujer y mitad monstruos me llevaron a un estado de seminconsciencia donde no era lucido de lo que sucedía a mi alrededor. Estaba centrado en mis pensamientos y en todo aquello que me estaba turbando, llevaba unos años que los acontecimientos me desbordaban llevándome a un estado de depresión. Repasaba una y otra vez los hechos intentando analizarlos escrupulosamente llegando a recordar hasta el más mínimo detalle.

Di un respingo al sentir una mano posarse  en mi hombro y la voz profunda que me reclamaba:

-Don Fernando sígame por favor, el Abad quiere hablar con usted.

Mientras caminaba detrás del moje hacia elucubraciones de que podía querer de mí, todavía no había liado ninguna de las mías.  Sentado detrás de una amplia mesa de madera  y con aspecto sibilino se encontraba el Hermano Ildefonso.

-D. Fernando un placer, siéntese por favor. ©Fer



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