Llevaba levantado mucho tiempo cuando llamaron a Maitines, había estado
sentado al lado de la ventana contemplando el reflejo de la luna en el río y
como poco a poco la claridad de la mañana iba haciendo las cosas visibles.
Tanto el alba como el ocaso son horas mágicas donde las sombras bailan una
danza casi fúnebre.
Aunque creyente, siempre he pensado, que no hacía falta estar en misa a
todas horas ni darse golpes de pecho para estar en paz con Dios. Uno le
encuentra y le rinde su tributo en cualquier lugar y hora, cuantas veces no
hemos hablado con Él en los sitios más inverosímiles.
El claustro grande, uno de los mayores de España, está ambientado
con amplio jardín presidido en el centro
por una estatua del Padre Feijoo “Maestro General de la Orden” que consagro su vida al estudio, teniendo
unas ideas ilustradas que le llevaban a proclamarse “Ciudadano libre de la
República de las letras”
El claustro pequeño, mucho más modesto, se le llama de las
Nereidas por la fuente que posee en su centro. Esta fuente tiene una curiosa
leyenda la cual dice que presidia el claustro grande y el Padre Provincial de la Orden mando retirar
por considerar que las imágenes de estas Ninfas de pechos generosos no eran edificantes
para los monjes.
Después de desayunar baje hasta la huerta, allí estaban
afanosamente trabajando varios de los monjes más jóvenes, acercándome al
primero que encontré le pregunte:
-¿Qué puedo hacer?
Necesitaba ejercitar mis músculos y cansar mi cuerpo, en el
día que llevaba allí había tenido demasiado descanso.
-Coja esa azadilla pequeña y vaya quitando la mala hierba.
Sin mediar más palabra pase la mañana arrancando toda brizna
de hierba dañina para el cultivo, maíz. Me dolían los riñones y me acordaba de
la canción “Las Espigadoras” de la Rosa
del azafrán, “Que trabajo nos manda el Señor, levantarse y volverse agachar” me sobraba hasta la camisa y caigan gotas de
sudor de mi frente, pero aquello me estaba haciendo sentir bien. Se me había
pasado la mañana volando y ya era hora de comer.
Repose la comida contemplando la fuente de las Nereidas,
aquellas figuras mitad mujer y mitad monstruos me llevaron a un estado de seminconsciencia
donde no era lucido de lo que sucedía a mi alrededor. Estaba centrado en mis
pensamientos y en todo aquello que me estaba turbando, llevaba unos años que
los acontecimientos me desbordaban llevándome a un estado de depresión. Repasaba
una y otra vez los hechos intentando analizarlos escrupulosamente llegando a
recordar hasta el más mínimo detalle.
Di un respingo al sentir una mano posarse en mi hombro y la voz profunda que me
reclamaba:
-Don Fernando sígame por favor, el Abad quiere hablar con
usted.
Mientras caminaba detrás del moje hacia elucubraciones de
que podía querer de mí, todavía no había liado ninguna de las mías. Sentado detrás de una amplia mesa de
madera y con aspecto sibilino se
encontraba el Hermano Ildefonso.
-D. Fernando un placer, siéntese por favor. ©Fer

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