miércoles, 9 de marzo de 2016

Se presentó cordialmente y después de las banalidades típicas de rigor tenía la impresión de que conocía de mí más cosas de lo que yo creía.  Su voz profunda y aquella mirada penetrante te hacían tener una doble sensación de tranquilidad y alerta.  Salí desconcertado, no tenía claro por qué me había llamado y que es lo que quería. Me acerque a la biblioteca  a ver si cotilleaba alguno de los libros.

Me fije en uno que  no ponía nada en el lomo. Su encuadernación de piel ajada por el paso del tiempo y el roce de las manos delataban su antigüedad. Abrí por una página al azar, de caligrafía legible y sin ningún tipo de floritura que lo adornada, comencé a leer:

“Junto al risco se encontraba la procesión de mojes capitaneados por el Abad, su caras de perplejidad no daban fe de lo que estaban contemplando, una gruta aparecía detrás de las piedras que acababan de retirar”

Aquello me intrigo, intente buscar alguna referencia del autor o de algún dato que me diera alguna pista pero no había nada, cerré el libro  y abriendo la tapa comencé a leer desde la primera hoja.
Absorto en la lectura no me percate de la hora, solo fui consciente de ello por la falta de luz. Metí una moneda como señal y coloque de nuevo el libro en su sitio, mejor dejar las cosas siempre donde las encuentras. Fui a cenar tranquilamente y después me retire a mi celda cayendo pronto en los brazos de Morfeo.

Nada más acabar de desayunar encamine mis pasos hacia la biblioteca, aquel libro y su historia me había cautivado y lo tenía que terminar cuanto antes. Como poseso fui devorando las páginas y  al no ser muy extenso lo acabe esa mañana.

Contaba la historia o leyenda de un moje del monasterio,  Fray Anselmo, el cual había caído en un sueño repetitivo que le atormentaba todas las noches; el monje veía como  un ave con las alas doradas se le aproximaba e incitándole a seguir le conducía hasta unas rocas de una ladera donde los monjes solían ir a meditar.  Si que apenas sus garras tocaran  las piedras están se abrían  permitiendo su paso y perdiéndose de vista.

Mucho tiempo pasó hasta que el fraile angustiado ya por el sueño de cada noche se decidió a contárselo al Abad. Este, no se sabe si por curiosidad o para calmar al monje, convoco a los monjes y recorrieron en procesión el camino hasta el macizo rocoso.  Una vez llegaron ordeno a los hermanos que retiraran la piedras según las indicaciones de Fray Anselmo. Perplejos se quedaron al descubrir un pasadizo que se adentraba en la roca, el rictus de sus caras cambio por completo, con cierto resquemor se adentraron  hasta el final del túnel donde en una recamara encontraron el cuerpo incorrupto de un eremita rodeado de un fabuloso tesoro.


Sin ninguna explicación de quien era aquel pobre hombre ni de que hicieron con el tesoro acaba el libro. No sé si el suceso es una leyenda o solo la imaginación de un escriba. ©Fer

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