lunes, 7 de marzo de 2016

Me encontraba frente a la fachada  barroca del Monasterio de Samos, había decidido pasar allí unos días de retiro, necesitaba encerrarme en mí y replantear muchas facetas de la vida.

Conocí este maravilloso lugar haciendo el Camino de Santiago y desde el primer momento sentí una atracción interna que me llenaba de paz, así que este fue el lugar elegido para intentar encontrarme.
Asentado junto al río Sarria data del siglo VI su primer asentamiento, pasando a la Orden Benedictina en el siglo XI.  El conjunto de  edificios de mampostería de pizarra le confieren un aire rustico y sólido, todo lo contrario que su interior que llama la atención por su elegancia.

Una vez hechos los trámites de rigor con el hermano portero de la hospedería recorrí detrás  el amplio corredor en el que se albergaban las celdas. Los  grandes ventanales  por los cuales entraba un magnifico sol dejaban ver uno de los dos magistrales claustros.

Una cama, una mesa, una silla, una mesilla y un pequeño armario  empotrado era lo único que albergaba aquella amplia celda, una  ventana  con poyo tras la cual se veía una ladera y justo debajo el rio. Era la estancia ideal para mi propósito. Coloque la poca ropa que me lleve y me quede un rato mirando  la lentitud del agua en aquella tabla del río.

Aquella visión me llevo a recordar los tiempos de pescador a mosca, los días de frío y agua que habíamos pasado detrás de las esquivas truchas. Esa paz que te rodeaba al amanecer o atardecer solo roto por una voraz picada. La suavidad de la cola de rata al ser movida para poner la mosca donde querías, ese baile dulce que marcaban los bucles con un movimiento acompasado y la posada sutil de la mosca en el agua.
El toque de Sexta, me hizo volver del pasado, era ya casi la hora de la comida. Salí al corredor asomándome a una de las ventanas que dan al claustro contemplando la maravillosa estética de su jardín.  Sin prisas llegue hasta las escaleras para bajar y dirigirme hasta el refectorio. Recorrer sus pasillos vacíos te impregnaba de un magnetismo especial. A cada paso ibas descubriendo auténticas maravillas que no podías imaginar,  esos frescos pintados en las cuales vemos varios pasajes de la Orden, varios cuadros de significativo valor o el órgano de viento que da vida a la Iglesia, esta aunque sobria destaca por su gran cúpula y la luminosidad que ofrecen su ventanas.
Después de comer  me fui a la celda a echarme un rato, aunque no tenía sueño me apetecía estar tumbado. El silencio lo inundaba todo, era como si estuvieras en un mundo diferente al que conoces, llegando a pensar alguna vez que si estarías vivo.
Fueron las campanas las que me hicieron abrir el ojo, tanta paz me había llevado a quedarme dormido, debía ser la hora del rezo de Nona. Me lave la cara y coloque con el peine los pelos en su lugar, había dos sitios que quería visitar, la Biblioteca y la Farmacia.
La Farmacia se había convertido en una sala de museo, unas grandes alacenas guardaban los antiguos frascos de porcelana decorada y con los nombres en latín. Una silla y una mesa con  libros apilados y dibujos le daban ese aire de estudio, donde fantaseabas ver al viejo alquimista consultar sus papeles para alguna pócima.
Me detuve como a 5 metros de la entrada de la Biblioteca. Una puerta de labrada madera impedía el paso y en el arco sobre ella una inscripción en latín “Claustrum sine librario sieut castrum sine armamentario”  que como luego me dijo una de los monjes, ya que mi latín es muy limitado, significaba “Un monasterio sin libros es como un castillo sin defensas” y nunca mejor dicho ninguno tendría sentido sin libros y sin defensas.
Empuje la puerta y un olor a papel y pergamino inundo mis sentidos. Aunque había perdido parte de su belleza visual al tener unas estanterías  modulares de chapa, ya que hubo un incendio el siglo pasado en el que se perdieron numerosos libros, quedaba el encanto de los lomos de sus libros.  Cuenta con varios Incunables (Impreso antes de 1500)  varios manuscritos de gran valor y algunas grandes colecciones.

Pase la tarde ojeando alguno de los tomos, dando un paseo por los claustros y la amplia huerta que hay al lado del río. Aquella paz se había apoderado de mis sentidos y   había tomado la decisión de seguir el principio fundamental marcado por San Benedicto “Ora et labora” ©Fer

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