Me encontraba frente a la fachada barroca del Monasterio de Samos, había
decidido pasar allí unos días de retiro, necesitaba encerrarme en mí y
replantear muchas facetas de la vida.
Conocí este maravilloso lugar haciendo el Camino de Santiago
y desde el primer momento sentí una atracción interna que me llenaba de paz,
así que este fue el lugar elegido para intentar encontrarme.
Asentado junto al río Sarria data del siglo VI su primer
asentamiento, pasando a la Orden Benedictina en el siglo XI. El conjunto de edificios de mampostería de pizarra le
confieren un aire rustico y sólido, todo lo contrario que su interior que llama
la atención por su elegancia.
Una vez hechos los trámites de rigor con el hermano portero
de la hospedería recorrí detrás el amplio
corredor en el que se albergaban las celdas. Los grandes ventanales por los cuales entraba un magnifico sol
dejaban ver uno de los dos magistrales claustros.
Una cama, una mesa, una silla, una mesilla y un pequeño
armario empotrado era lo único que
albergaba aquella amplia celda, una ventana con poyo tras la cual se veía una ladera y justo
debajo el rio. Era la estancia ideal para mi propósito. Coloque la poca ropa
que me lleve y me quede un rato mirando
la lentitud del agua en aquella tabla del río.
Aquella visión me llevo a recordar los tiempos de pescador a
mosca, los días de frío y agua que habíamos pasado detrás de las esquivas
truchas. Esa paz que te rodeaba al amanecer o atardecer solo roto por una voraz
picada. La suavidad de la cola de rata al ser movida para poner la mosca donde
querías, ese baile dulce que marcaban los bucles con un movimiento acompasado y
la posada sutil de la mosca en el agua.
El toque de Sexta, me hizo volver del pasado, era ya casi la
hora de la comida. Salí al corredor asomándome a una de las ventanas que dan al
claustro contemplando la maravillosa estética de su jardín. Sin prisas llegue hasta las escaleras para
bajar y dirigirme hasta el refectorio. Recorrer sus pasillos vacíos te impregnaba
de un magnetismo especial. A cada paso ibas descubriendo auténticas maravillas
que no podías imaginar, esos frescos
pintados en las cuales vemos varios pasajes de la Orden, varios cuadros de
significativo valor o el órgano de viento que da vida a la Iglesia, esta aunque
sobria destaca por su gran cúpula y la luminosidad que ofrecen su ventanas.
Después de comer me
fui a la celda a echarme un rato, aunque no tenía sueño me apetecía estar tumbado.
El silencio lo inundaba todo, era como si estuvieras en un mundo diferente al
que conoces, llegando a pensar alguna vez que si estarías vivo.
Fueron las campanas las que me hicieron abrir el ojo, tanta
paz me había llevado a quedarme dormido, debía ser la hora del rezo de Nona. Me
lave la cara y coloque con el peine los pelos en su lugar, había dos sitios que
quería visitar, la Biblioteca y la Farmacia.
La Farmacia se había convertido en una sala de museo, unas
grandes alacenas guardaban los antiguos frascos de porcelana decorada y con los
nombres en latín. Una silla y una mesa con libros apilados y dibujos le daban ese aire de
estudio, donde fantaseabas ver al viejo alquimista consultar sus papeles para
alguna pócima.
Me detuve como a 5 metros de la entrada de la Biblioteca.
Una puerta de labrada madera impedía el paso y en el arco sobre ella una
inscripción en latín “Claustrum sine librario sieut castrum sine
armamentario” que como luego me dijo una de
los monjes, ya que mi latín es muy limitado, significaba “Un monasterio
sin libros es como un castillo sin defensas” y nunca mejor dicho
ninguno tendría sentido sin libros y sin defensas.
Empuje la puerta y un olor a papel y pergamino inundo mis sentidos.
Aunque había perdido parte de su belleza visual al tener unas estanterías modulares de chapa, ya que hubo un incendio el
siglo pasado en el que se perdieron numerosos libros, quedaba el encanto de los
lomos de sus libros. Cuenta con varios
Incunables (Impreso antes de 1500) varios manuscritos de gran valor y algunas
grandes colecciones.
Pase la tarde ojeando alguno de los tomos, dando un paseo por los
claustros y la amplia huerta que hay al lado del río. Aquella paz se había
apoderado de mis sentidos y había tomado
la decisión de seguir el principio fundamental marcado por San Benedicto “Ora
et labora” ©Fer

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