Pase la noche caminando entre las sombras.
Mis pasos me llevaban sin rumbo fijo.
El silencio retumbaba por las esquinas.
Solo perturbado por el paso de algún coche o las palabras de
un borracho.
Sin saber cómo acabe en la puerta del cementerio.
Logre entrar por una zona de la tapia que estaban
arreglando.
Los contornos de las cruces y ángeles contra la claridad de
las luces.
Daban un aire tétrico y a la vez de paz.
Recorrí sus calles y caminos entre las sombras de los
cipreses.
Me senté en un banco frente de una tumba ostentosa.
Un ángel arrodillado y con la cabeza entre sus brazos se apoyaba
en la sepultura.
Mirándole fijamente intentado descubrir los más pequeños detalles.
Mi mente voló libremente en pensamientos dispares.
Necesitaba poner en orden mis sentimientos.
Todo lo que llevaba vivido los tres últimos años me estaba
superando.
Tenía que ser capaz de dar un sentido a mi vida y asimilar
los hechos.
Salir de la burbuja creada para protegerme y volver a ser
yo.
Clareaba el alba cuando llegaba a casa.
Necesitaba una ducha caliente para quitarme aquel fresco de
mi cuerpo.
Aseado y listo para otro día de trabajo baje a la perra a la
calle.
En el coche hacía la oficina seguí encerrado en mí.
Cambie mi rictus por una sonrisa al entrar en el despacho: “Buenos
días queridos”
Como dirían en mi pueblo: “La procesión va por dentro”
©Fer
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