martes, 15 de marzo de 2016

Estaba delante de la puerta de la celda, respire profundamente y llame con los nudillo.

-Adelante. Se escuchó desde dentro.

Su celda era igual que la mía, solamente tenía una silla más, un ordenador y algunos libros encima de la mesa.  Me saludo con una media sonrisa y me invito a sentarme frente a él. Mirándome fijamente a los ojos me dijo:

-Seguimos por donde nos quedamos la otra noche o quieres hablar de otra cosa.

Comencé a contarle como había trascurrido mi vida, lentamente y sin escamotear detalle, desde mi niñez hasta prácticamente el día que llegue a al Monasterio. Su cara era un poema cuando me refería a mi vida lujuriosa, no podía dar crédito a tales cosas y eso que fui de lo más discreto. Aquel hombre tenía algo que me confería confianza, no me daba ningún tipo de reparo en narrarle mis mayores secretos. Me dejo hablar sin interrumpirme, solo salieron de su boca algunas exclamaciones de sorpresa y algún carraspeo.

Empezó hablar de manera pausada, dejo de lado todos mis actos pecaminosos y se centró en mis sentimientos, en como aquellas cosas vividas eran capaces de desgarrarme las entrañas. Daba la sensación de ponerse en mi lugar y ser capaz de dar una explicación coherente sin esfuerzo. Y como ya me demostró en su anterior charla no se basaba en aspectos divinos, los razonaba como seglar, esta cualidad le hacía más cercano, si no fuera así creo que no estaría allí. Yo adopte su misma postura de no interrumpirle.

Cuando termino empezamos una charla amena entre los dos. Al comienzo fue por mis problemas pero acabamos hablando de lo humano y  lo divino.  Aunque ciertas de mis ideas sean un poco contradictorias entre sí, aquel hombre era capaz de entenderlas aunque no estuviera de acuerdo con ellas. En un acto reflejo mire el reloj, eras las 4 de la madrugada llevamos hablando 5 horas.

No sé si se aclararon las ideas o seguía igual de confundido, lo que si tenía es más tranquilidad. Después de una ducha caliente y de fumarme un par de cigarros en la venta me acosté cuando apuntaba el día.


Desperté sobresaltado, aquel maldito sueño del ave de alas doradas. ©Fer

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