jueves, 10 de marzo de 2016

Me desperté sobresaltado, no sabía la hora que era, había tenido el sueño del ave con las alas doradas. Encendí un cigarro y abrí la ventana, necesitaba el aire fresco de la noche y la humedad del río. Que obsesión me había provocado la lectura de aquel libro, siendo solo una historia de tantas que había leído, me llevo a tener pesadillas.

No sé cómo de repente me dio la idea de dar un paseo por el monasterio, mire la hora eran las 3 de la madrugada. Abriendo la puerta con cuidado para no hacer ruido salí al corredor, la suave luz de la luna se colaba  por las ventanas sirviéndome de linterna.

Baje lentamente hasta el piso de abajo, mi vista se había acostumbrado a la penumbra, dirigiéndome al claustro grande.  El baile de las sombras me llenaba de congoja, el silencio me abrazaba por todos los lados y mi mente como molino con grano comenzó a dar vueltas a mis pensamientos.

Nubarrones negros se ciernen sobre mí, no logro ver un rayo de sol, todos mis pensamientos son negativos, he entrado en un estado donde no se ve salida. No tienes gana de nada, lo único que te apetece es echarte a llorar.  Todo lo que te va  sucediendo son cosas negativas. No había comprendido nunca como se podía llegar a ese estado, ahora tampoco lo comprendo, pero estoy en él.

Sentado a los pies del Padre Feijoo la luna golpeaba mi espalda proyectando la sombra a mis pies. Así veía mi interior, oscuro, hondo sin saber hasta dónde llega la profundidad del abismo. Pensamientos siniestros que jamás imaginabas te inundan, aquello sería lo fácil no enfrentándote a tus maléficos instintos.

En estas estaba con la  mirada perdida en mi sombra y los sentidos cerrados al mundo cuando casi me da un patatús al escuchar una voz a mi lado:

-¿Qué te aflige hijo?
   
Di un respingo y alejándome de la voz me volví rápidamente.

-¡Fray Anselmo! Exclame con la voz entrecortada.

-¿Quién esperabas que fuera? ¿Tal vez tus demonios?

Ya más tranquilo y mirándonos cara a cara le comencé a explicar mis  males. Escuchaba atentamente todo lo que le fui explicando sin decir palabra, mirándome fijamente intentaba analizarme y conocer el grado de mis dudas. Cuando mis explicaciones y palabras se agotaron y después de un breve silencio comenzó hablar él.

No era un religioso al uso, no baso toda su charla en un aspecto divino, más bien todo lo contrario,  casi todas sus reflexiones fueron de lo más mundanas estando muy al cabo del mundo actual, cosa que no esperaba de una persona entregada al rezo y recluida en un monasterio. Cada vez me encontraba más cómodo en la charla llegando a tener cierto grado de complicidad.


Miramos el reloj a la vez al escuchar la llamada de Maitines, había amanecido y no nos habíamos dado cuenta. Sin despedirnos nos separamos en direcciones distintas.  ©Fer

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