Me desperté sobresaltado, no sabía la hora que era, había
tenido el sueño del ave con las alas doradas. Encendí un cigarro y abrí la
ventana, necesitaba el aire fresco de la noche y la humedad del río. Que
obsesión me había provocado la lectura de aquel libro, siendo solo una historia
de tantas que había leído, me llevo a tener pesadillas.
No sé cómo de repente me dio la idea de dar un paseo por el
monasterio, mire la hora eran las 3 de la madrugada. Abriendo la puerta con
cuidado para no hacer ruido salí al corredor, la suave luz de la luna se
colaba por las ventanas sirviéndome de
linterna.
Baje lentamente hasta el piso de abajo, mi vista se había
acostumbrado a la penumbra, dirigiéndome al claustro grande. El baile de las sombras me llenaba de congoja,
el silencio me abrazaba por todos los lados y mi mente como molino con grano comenzó
a dar vueltas a mis pensamientos.
Nubarrones negros se ciernen sobre mí, no logro ver un rayo
de sol, todos mis pensamientos son negativos, he entrado en un estado donde no
se ve salida. No tienes gana de nada, lo único que te apetece es echarte a
llorar. Todo lo que te va sucediendo son cosas negativas. No había
comprendido nunca como se podía llegar a ese estado, ahora tampoco lo
comprendo, pero estoy en él.
Sentado a los pies del Padre Feijoo la luna golpeaba mi
espalda proyectando la sombra a mis pies. Así veía mi interior, oscuro, hondo
sin saber hasta dónde llega la profundidad del abismo. Pensamientos siniestros
que jamás imaginabas te inundan, aquello sería lo fácil no enfrentándote a tus maléficos
instintos.
En estas estaba con la mirada perdida en mi sombra y los sentidos
cerrados al mundo cuando casi me da un patatús al escuchar una voz a mi lado:
-¿Qué te aflige hijo?
Di un respingo y alejándome de la voz me volví rápidamente.
-¡Fray Anselmo! Exclame con la voz entrecortada.
-¿Quién esperabas que fuera? ¿Tal vez tus demonios?
Ya más tranquilo y mirándonos cara a cara le comencé a explicar
mis males. Escuchaba atentamente todo lo
que le fui explicando sin decir palabra, mirándome fijamente intentaba
analizarme y conocer el grado de mis dudas. Cuando mis explicaciones y palabras
se agotaron y después de un breve silencio comenzó hablar él.
No era un religioso al uso, no baso toda su charla en un
aspecto divino, más bien todo lo contrario,
casi todas sus reflexiones fueron de lo más mundanas estando muy al cabo
del mundo actual, cosa que no esperaba de una persona entregada al rezo y
recluida en un monasterio. Cada vez me encontraba más cómodo en la charla
llegando a tener cierto grado de complicidad.
Miramos el reloj a la vez al escuchar la llamada de
Maitines, había amanecido y no nos habíamos dado cuenta. Sin despedirnos nos
separamos en direcciones distintas. ©Fer

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